Cuento.

Este formará parte de un cuentario que está revisión. Se llama “Anécdotas de ningún momento”.

Traslación y rotación

Y doy vueltas, y digo: “Me caigo”. Tropiezo conmigo y mis pasos. Me detengo, pero no estás, ilusión de mi vida. El mundo se detiene en un latido urgente, apremio de orgasmo. Pero no estás, en la inmovilidad te desespero por tu lejanía terrible. Quiero verte, tocarte apenas con mi mirada huérfana, de hombre sin amor correspondido.  Busco, te busco intensamente para oler el fino rastro de tu cariño, perdido entre la podredumbre indiferente de los peatones. Pero todo ha dejado de moverse, porque yo así lo he decretado. Quiero seguir dando vueltas, pero temo la caída. ¿Y si ya nunca más puedo levantarme? Peor aún, ¿si ya nunca te pudiera hallar? Quiero verte, aunque puede ser la última vez. Necesito saber, ante todo, si puedo hallarte, para vivir con menos temor, menos peso. Creo -y no es un secreto- que te amo.

Cuando empecé a ayudar al mundo a dar vueltas, alguien con poca imaginación y haciendo valer la idiosincrasia local me bautizó Trompo. No me gustaba y perseguía al que me decía así, pero con el tiempo me cansé de esas sonrisas maliciosas, de ser el monstruo de feria con el que todo el mundo se divertía de lo lindo y sin restricción. Cuando dejé de corretear a la gente, se aburrieron del apodo y con el tiempo se les olvidó. También recuerdo que antes podía girar más veces que ahora sin marearme ni caer sentado mientras siento cómo la cabeza se me pierde y los mareos y hasta un poquito de náuseas. Los viejillos que se sientan a ver pasar su jubilación no me chiflaban tan a menudo y no estaban mirándome de reojo para soltar alguna broma fea mientras evito que mi cabeza salga corriendo.

Alguna vez quise dejar de ayudar al mundo y no lo logré. No es que sea un alma caritativa y desinteresada, sino que si no hago esto ¿qué hago? No sirvo mucho para nada, me distraigo fácilmente y hacer malabares con sumas y restas, multiplicaciones y divisiones pues… ¡son muy difíciles! Terminé dando vueltas, que es lo mejor que sé hacer y con todo es un trabajo bonito, no tengo que fijarme gran cosa en lo que pasa alrededor y si me pongo en alguna esquina o en un lugar donde no pase mucha gente, hasta me dejan tranquilo.

No crean que paso dando vueltas como un loco todo el día. Solo debo hacerlo en la mañana, al medio día y en la noche. Si me atreviera a hacerlo más, el mundo se movería tan rápido que todos saldríamos volando por el aire hasta el espacio, a estrellarnos en la luna, o en los planetas o en las estrellas. Este es un trabajo de cuidado.

Pero hay momentos en los que me pruebo en mi fuerza de voluntad, solo por el gusto de que vean lo importante que soy. No me pongo a girar en los momentos precisos y espero que el impulso que le di al mundo se vaya perdiendo. Que la noche no siga al día y entonces, ahora sí, que vengan a rogarme. Pero no puedo, después me da miedo que no pueda echar a andar de nuevo al mundo y nos quedemos pegados, solo porque ese día andaba de malas pulgas o porque me sentía superior a este montón de gente.

Me repongo del mareo y vuelvo a dar vueltas, enloquecido, giro y giro y giro… El mundo sigue detenido, sólo yo puedo moverme, pierdo pie, tropezando en el aire que se oculta entre ayer y mañana. El suelo.

Estás frente a mí, preocupada. Te acercás para darme la mano, acomodarme de nuevo sobre mis pasos ¿le duele? ¿está bien? Un gesto tímido de afirmación.

-Aléjese de ella, ¡loco!- su amantísima madre. Me la arranca para siempre, para nunca, para jamás hallarte. Me enojo con ese mohín aprendido de los perros apaleados, rabo entre las piernas, ojos tristes y animales.

-¿Cuántas veces le he dicho que no hable con extraños? Ya está grande para que se lo repita -la recién púber levanta la cabeza para replicar algo- Ese es un loco, puede ser peligroso, le puede hacer daño -y mi amada no responde, quizás porque no sabe qué decir, quizá porque le cree, de tantas veces que se lo han dicho. Cómo última esperanza pienso que quizá no responde porque se cansó de que le estén diciendo siempre lo mismo.

Y yo aquí con heriditas en las manos. Caigo en la cuenta que la vida sigue a pesar mío, a pesar de que no dé vueltas para mantener al planeta girando en el espacio. Ya ella no está, ya se fue, se la llevaron convencida de mi peligrosidad, y yo no sé por qué la vida sigue igual. El parque central, entonces, se me hace tan ancho como el mundo.

7 de septiembre, 2005

Imagen tomada de aquí

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3 comentarios en “Cuento.

  1. Me gusta porque eso de verse enredado entre las patas propias y ajenas, siempre me ha gustado..porque entre la vuelta, la parálisis… y lo vegetal, es mejor lo bien bailao, aunque después venga la náusea.

  2. Me ha gustado mucho este cuento. Tu oficio de girador de mundo es envidiable aunque yo no podría, me mareo con facilidad. Me conformo con ser el signo + de la suma alguien tiene que sumar los giros.
    Saludos

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