Cuento

A los días me escribiría

Para Vero, por la idea

No era su casa, pero no le sorprendió. Últimamente habían sido tantas las cosas diferentes que algo constante y estable le provocaba extrañeza mientras esperaba el próximo desbarajuste.

Ahora era una playa, una de las que iba cuando niña y papá y mamá jugaban a querese y ella y su hermana mayor jugaban a que no pasaba nada. Era tal vez más grande de como la recordaba y tenía plena certeza que nunca había visto ese barco al mejor estilo de Piratas del Caribe, encallado a una pasmosa cercanía de la línea de rompiente. Se lanzó a nadar, quería explorarlo. Cosa rara, normalmente se cansaba pronto y no tenía una buena técnica, pero ya no era el mar sino una piscina de niños y no cabía en ella. Sus piernas largas y bonitas quedaban por fuera y el supervisor del departamento la azuzaba, más rápido, más rápido que nos van a ganar y después hay reunión con la gerencia de recursos humanos. APÚRESE. No puedo, no quepo, dígales que se equivocaron, que esto está mal. El tipo no la oía sonriéndose complacido de su fracaso mientras le miraba el culo y carraspeaba ruidosamente. Daba manotazos, se hundía, chapaleaba y no había forma que avanzara un sólo milímetro.

¿Sabe qué? ¡coma mierda! Salió de la piscina y se fue empapada y rabiosa a agarrar el bus, acababa de recordar que ayer había renunciado y que en una semana empezaba en su trabajo nuevo. Le sonrió al viejo chofer indiferente y le alargó unas monedas. No le alcanza, necesito uno de sus dientes, abrió la boca desdentada y con olor a chicle de menta. Tengo que comprar chicles respondió y siguió adelante, ignorándolo. El bus arrancó, llevándola por una ciudad sucia y vieja mientras llovía un aguacero brutal de los octubres sin “El Niño”. Linda la lluvia, ¿verdad? La abuela ciega le acarició el brazo, pero esto no es nada, ¿verdad? Pronto va a salir el sol, pronto, y se bajó del bus. No la vio más.

Ella colocó su cabeza en la almohada verde que encontró bajo su asiento y cerró los ojos. Segura que iba a soñar con su casa sintió su cuerpo derretirse a poquitos, la desconección constante y cierta de sus nervios, su mente separándose conforme su cuerpo se volvía una gelatina de limón hasta el último huesito. Su mente salió corriendo a mirarse en el espejo de la sala. Ese, letras más, letras menos era el sueño recurrente que hace dos días le había contado a su psicólogo. Un buen tipo que juega a ser serio pero que no puede ocultar su jovialidad tan poco profesional. Recuerda que le dijo cosas interesantes, y en un par de ocasiones le había logrado abrir la boca reaccionando involuntaria ante revelaciones que la atontaron un poco. Pero no logra recordar con exactitud sus palabras. Encoge los hombos y deja de mirarse al espejo caminando hacia la cocina con la brumosa conciencia que ha olvidado la explicación a todo este desorden justo al salir de la consulta. Encuentra a su perro lavando la vajilla y gruñéndole a través de la ventana al vecino con cara de gato que a ambos les cae mal. Le hace un cariño en la cabeza y el perro le susurra un gracias canino para ignorarla por completo tarareando una canción de Los Panchos, la favorita de papá.

Ya es hora de despertar.

Está abriendo los ojos y yo sonriéndole. ¿Durmió bien? Parpadea ¿Cuándo llegó? Hace poquito. Soñé. ¿Ajá? ¿Y con qué? Con una playa y una piscina y soñé que soñaba. En ese sueño Lenin lavaba los platos y cantaba, no recuerdo qué pero cantaba… y no lo hacía mal. Todo un sueño loco, ¡qué varas de sueño loco! Ella está con una inquietud extraña, ¿qué día es hoy? Juércoles, primer juércoles de mes. ¡Qué bien! Hace una mañana tan bonita, yo mirando a través de la ventana. Los molinos se ven tan grandes, prosigo, parecen gigantes. Eso lo he escuchado en otro lado, me dice. Yo también, le miento, no le he puesto atención a una sola de sus palabras. Una polilla se atiborra del papel de la página. Tomo una pistola de agua cargada con insecticida y me siento como si fuera el Rambo de Rambo III, esa, en Afganistán, en la que pelea junto a los mujaidines contra los soviéticos. Aprieto el gatillo y la polilla muere sin mayores tragedias. Ella se extasía leyendo las palabras impresas en la página-pared del cuarto. Primero una “E” luego una “N”, un espacio y prosigue una “U”, otra “N”… Me dirijo hacia ella, por favor, ¿me puede leer el Quijote? Tengo muchas ganas de que me lo lea. Se vuelve a verme y de nuevo hacia la pared-página.

En un lugar de La Mancha” de cuyo nombre

no quiero acordarme, vivía un hidalgo…”

Se frotó los ojos. El despertador. Trató de recordar quién era. El despertador Qué hacía allí. Qué era ese ruido tan molesto. El despertador. Lo apagó y justo cuando iba a levantarse, ayer renuncié. No tenía que levantarse temprano. Se acurrucó sonriendo.

A los días me escribiría un e-mail, contando que había soñado que yo le pedía que me leyera el Quijote.

18 de diciembre, 2009

San José Centro

Imagen tomada de aquí.

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