Cuento

Al principio

Esperando el bus o algún otro milagro de la providencia notó a lo lejos un fulgor como de fuego, mientras que la chavala a la que le había estado viendo las tetas con cierto descaro disimulado se preguntaba lo mismo que todos los de la parada, ¿qué es eso? Señalaba innecesariamente hacia el sureste a la masa informe de nubes como anaranjadas, como rojas, que se revolvían por encima de los edificios, no puede ser un incendio, vea que no toca los edificios, un viejo de unos sesenta años y un bastón le decía a una chiquilla de colegio que escuchaba un pop hediondo y de moda a todo volumen en su iPod, regalo de su reciente quinceaños, ¡qué raro! se limitó a decir mientras seguía viendo sin notar la cara de abuelo bonachón que se permitió el viejo. Y el bus no llegaba, y ese calor opresivo de un verano demasido cálido, parece como si el infierno se hubiera abierto dijo el chavalo de piercings que le había dado mala espina cuando llegó a la parada esperando que el bus no se demorara demasiado en llegar, porque iba tarde al trabajo como siempre y esta vez de seguro lo amonestarían, mierda, pero qué le iba a hacer, no había sido codificado genéticamente para madrugar, especialmente luego de una borrachera suicida como la de ayer, donde conoció a Tatiana y había roto la sequía de vacas ¡escuálidas! de cinco meses, ¿quién dijo que yo era una buena persona? Le guiñó a Carlos ayer mismo antes de irse a emborrachar como un desquiciado con la excusa de que hacía demasiado calor y hacía una semana que no se tomaba una birrita y habían entregado a tiempo el pedido de uno de los clientes más importantes de la empresa, cuando todo parecía que se atrasaría tres días. Todos volvieron a ver al tipo de los piercings con mucha extrañeza, y a éste qué le pasa, debería dejar de decir idioteces, pensaron con algo de molestia, algo de desdén, algo de fastidio. Sólo la chavala guapa se limitó a encogerse de hombros, fijo que va a salir en los noticieros dijo acomodándose un tirante del sostén. Al menos no está lloviendo, dijo él, tratando de iniciar una conversación, al tiempo que marcaba el número de teléfono de la oficina para avisar que llegaría tarde, pero algo había malo con la línea, porque ahí, aló ¿Sandra? preguntó sin convicción sabiendo de antemano que no era su compañera. No señor, está equivocado ¿a dónde estoy llamando? A la casa de la familia Santos Villegas… Disculpe. Volvió a marcar, esta vez prestando especial atención, sin escuchar los comentarios de los otros. Despacho del viceministro de turismo, Éricka le atiende, disculpe, me equivoqué… Una última vez y el número que usted marcó no corresponde a ningún abonado. ¿Qué es esto?

Muchacha disculpe, pero mi celular tiene problemas ¿me podría prestar el suyo? ¿Cómo? Tengo que hacer una llamada importantísima y no me sirve el celular. Marcó y empezó a sonar su teléfono, ¿pero qué es esto? Llamo a mi trabajo y es como si yo me hubiera llamado. El tipo de los piercings, la chiquilla y la muchacha marcaron varias veces, todas con resultados insospechados. Mierda con este ICE, dijo la colegiala y el señor del bastón frunció el entresejo murmurando algo parecido a estos jóvenes que son todos unos malcriados. También el iPod empezó a dar muestras de esquizofrenia y un automóvil se detuvo de improviso apagándose y encendiéndose las luces y las escobillas mientras la alarma antirrobos empezaba a desgañitarse. Los postes de luz se encendieron y apagaron tres veces, una ráfaga de un viento pesado les dejó un olor a caucho quemado, el revoltijo de anaranjados y rojos estaba sobre sus cabezas. La muchacha cerró los ojos, el chavalo de los piercings rezó un avemaría, la chiquilla soltó un putazo, el viejo abrió la boca y no pudo decir nada, el tipo desesperado porque su auto no respondía ni por las buenas ni por las malas no se dio cuenta de nada. Y él aún con la idea de que iba a llegar tarde, se acordó de su madre.

Cuando pasó eso, fuera lo que fuera, como empujado por ese viento pesado y oloroso a caucho quemado alguien dijo, disculpe, ¿lo conozco? No; es que usted se me parece a alguien… Usted también, qué raro, ¿verdad? Sí… no se acordaban de nada. Ni del extraño fenómeno, ni de qué estaban haciendo allí, en una parada de autobús de una mañana tan calurosa como no… ¿recordaban? que hubiera otra igual. Lo más raro de todo, dijo alguien con una frialdad que aterró al resto, es que no tengo idea de qué hago aquí… ni de cómo me llamo. Todos asintieron, habían caído en la cuenta que les pasaba exactamente lo mismo.

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Imagen tomada de aquí

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