Cuento.

Un día, otro y otro más

Podría decir que eso era lo único que la mantenía con vida. Por supuesto se levantaba a desayunar, luego bañarse. Rutina apenas interrupida en 20 años por alguna gripe, pequeños momentos de depresión y una visIta de una semana al hospital por algo que ahora no recordaba. Está entretenida deshierbando el jardín de enfrente, un minúsculo pedacito de tierra donde malvivían verbenas y unas “malasmadre”, después escucharía un rato en la radio canciones de hace mucho mientras barre y limpia la casa, las veces que no tiene que soportar el martirio de las ocho cuadras a pie al banco para constatar que su minúscula pensión de maestra retirada le sigue permitiendo sostener sus gastos. Saca el dinero de la semana y se devuelve. En el camino va decidiendo qué comprar, si acaso le falta algo en la despensa o si tiene cuentas que saldar. Normalmente olvida y se encuentra diez latas de atún y nada de arroz en la despensa, mantequilla para horrorizar a alguien con colesterol alto o de pronto se queda sin sal… Ir y venir de la pulpería del finao Tulio, la hija ahora la administra y no le cae bien. A nadie en el barrio le cae bien.

Otras veces es salir al Seguro, para chequeos o medicinas y esperas atroces. A veces tenía que ir en varias ocasiones porque no lograba campo o se acababa la existencia de alguna de sus pastillas. La vuelta a cada una de sus salidas por lo general le daba como recompensa encontrar la cagada de perro justo delante de su portón. Ella entonces le pedía con fervor a Dios que se aliara con el Diablo para enviarle una fea muerte al zaguate responsable. Los viernes a las 3 de la tarde el padre Chacón sabía que esa era parte importantísima de su confesión. Ella no lograba comprender en qué momento el bendito animal usaba su pedazo de acera como retrete, siempre vigilando desde todas la variantes de su rutina diaria hacia la calle. La escoba a mano, para darle al animal una tunda de escarmiento y liberación.

Hoy la llamó Gerardo a ver cómo estaba y luego de colgar una inspección superficial, ahí estaba otra vez y como siempre desde hace meses, la mierda. Un enojo de costumbre, tomó la escoba y empujo esa porquería hacia el caño con malignidad geriátrica. El resto del día ya no necesitaba preocuparse por el can, mañana será otro día de vigilancia. Podría decir que eso era lo único que la mantenía con vida.

(Sin usted me muero, le dijo y recordaba su bigotito bien recortado, tan guapo, con el moreno de su piel brillante, sus facciones aindiadas de cuarta generación, el nombre estentóreo en honor de su abuelo, las citas clandestinas después de clases en la Normal, ella, una chiquilla de dieciocho y aterrada que alguien se enterara y se lo fuera a contar a su papá, segura que la emprendería a chilillazos antes de cualquier explicación que de nada serviría de todas formas. O sus hermanos tan callados y tan locuaces con sus crucetas. Por dicha Ernesto, el más serio, trabajaba como una mula en la bananera y hacía años que no había vuelto. Eso no quería decir que estaba libre de su sombra, segura que buscaría el primer tren a San José al enterarse.

Sin usted me falta el aire, respondió él marcialmente, pero con una dulzura incontenible en el tono de su voz. Le prometo que apenas pase esto le voy a pedir a su papá permiso para visitarla.

A ella el Doctor Calderón le parecía un hombre bueno y no lograba comprender cómo había logrado unirse con los comunistas, ni cómo Monseñor lo hubiera hecho también. Siempre había escuchado al padre Morales decir que los comunistas eran satánicos, porque no creían en Dios y comían chiquitos. Tal vez los rusos sí, porque de los de aquí nada se había probado todavía y sabrá Cristo donde queda Rusia. De todas formas, tampoco entendía cómo ese tal Figueres y toda la gente que lo seguía le tenían tanta inquina al Doctor. Según los periódicos ayer habían atacado un lugar en el sur, ella no precisaba cuál. Estaba asustada, todo el mundo en la capital estaba asustado. De un pronto a otro, la guerra llegó para estancarse en sus días y él tenía que defender al país de esos revolucionarios, de esos asesinos de Liberación Nacional.

En Ochomogo lo mataron, pero ella no se murió del todo).

Despertó con un dolorcito en la pierna izquierda más molesto de lo normal, la artritis le había dicho el doctor, caminó renqueando hacia la cocina, un huevo tierno y un buchito de café. Comió en el silencio de las noticias de la radio. Después, a bañarse. Cuando llegó al jardín de enfrente el perro ya había pasado por ahí. Ese día se encontró sin paciencia.

A la mañana siguiente decidió saltarse el baño, desayunó, si no comía algo le daban mareos y puso el pedazo de carne mortal junto a la canasta de la basura. No soportó mucho tiempo sin asearse. A la salida del baño rápido inspeccionó la calle, no había carne y en su lugar, la señal inequívoca del paso de ese perro que la estaba volviendo loca.

(Él era flacucho y hablaba raro, hijo de un hombre pétreo y una mujer de carnes opulentas que se comunicaban a gritos en un idioma de todos los diablos que nadie entendía muy bien. Venían de un lugar que se llamaba Italia donde al parecer nadie sabía expresarse en cristiano. A lo mejor volvía del mercado, creía ver vagamente a la señora arrastrando dos bolsas con el diario pero no estaba segura. Era un recuerdo casi tan viejo como ella.

Se le acercó midiendo cada uno de sus pasos y le ofreció el mango chupado que había obtenido del último pillaje a la finca de Ñor Leandro. Él lo tomó sin importarle las babas de la vecinita con la que jamás se había cruzado palabra, en realidad sus padres no lo dejaban jugar con los chiquillos suicios y harapientos de los alrededores, todavía no comprendía cómo la madre no la había espantado con una ininteligible maldición de obispo, quizá no se había dado cuenta, quizá era una mala jugada de su memoria y no había sucedido todo eso, tal vez hasta se lo había imaginado. En fin. No tuvieron oportunidad de nada más, él desde su cerco familiar la miraba con sus ojos grandes, de eso sí estaba segura. Ella le sonreía desde los juegos de su libertad condicionada a ayudarle a su madre con la comida y al horario irregular de la escuela. No se dijeron nada.

Unas fiebres desconocidas lo vencieron un año después).

Luego de cuatro perros y dos gatos seguía encontrando la cagada frente a su casa. Los vecinos miraban de reojo al gringo invivible que les lanzaba la policía los días de fiesta cuando consideraba que quería dormir y que los miraba con un desdén de primermundo desde su carrazo último modelo. Solo él era el culpable de tanto animal envenenado, la certeza era total, pero sin pruebas. El desagrado mutuo aumentó a tal nivel que hasta ella se enteró, durante años se había encomendado a la soledad de su viudez y a las llamadas a cuentagotas de sus hijos. Solo la sobrina que había recogido cuando aún no le habían salido los dientes la llamaba con algo más de regularidad. Había decidido no meterse en la vida de nadie, para que nadie se metiera en la de ella. Al darse cuenta del grado de agitación del barrio pospuso su justa venganza justa durante un mes.

(Gerardo solo le había dado hijos y una casa. También había muerto de viejo en su cama y contrario a su costumbre, sin mayores desperfectos. Fue Gerardo, su hijo mayor, quien se dio cuenta y ella no lo creyó hasta que taparon con cemento la tumba. Estaba segura que esa noche había descansado como nunca antes, ni después).

Aquí ya no quedan mascotas pues de un pronto a otro todas se fueron muriendo envenenadas y aún así, sigue apareciendo una mierda de perro todos los días frente a la casa de doña Chela. Nadie se lo explica.

9 de febrero, 2010

Alajuela Centro

Imagen tomada de aquí

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3 comentarios en “Cuento.

  1. Confuso a ratos pero muy brillante en otros. Como los recuerdos que tienen su propio ritmo, su propio tempo y que se mezclan con lo real a medida que la edad avanza hasta hacer difícil distinguir los unos de los otros.
    No puedes fiarte de nadie.
    Salut
    PD: conozco mucha gente apellidada Figueres (higueras en mi idioma) incluso durante años viví en la calle Pou de les figueretes (pozo de las higueritas).

    • ¡Mirá! Tanto tiempo escuchando sobre Pepe Figueres y hasta ahora sé que se llama Higueras…

      Curiosa que es la vida.

      Y es imposible fiarse de nadie, ni siquiera de ese que nos espía al otro lado del espejo.

  2. En respuesta a tu pregunta en mi blog, leyendo el cuento unas veces pensaba en persona y otra en algo simbólico dada la alusión a los políticos (que me esmeré en buscar gracias a don google) y a algo tuyo que leí.
    Decidí quedarme con Doña Chela símbolo por la mención a los políticos, la culpa de todo la tiene el gringo y que no se quitan ustedes la mierda de encima.
    A veces los textos necesitan además de varias lecturas una cierta ubicación en la realidad social del autor/a.
    No escondo que me gusta como escribes, no por lo dices que también sino la manera diferente de decirlo, en ocasiones un tanto hermética pero siempre interesante,
    Es la opinión desde el punto de vista de alguien que escribe historietas simples.
    Salut

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