Candelas para Saray [Parte I]

Este es un cuento que escribí hace algunos años y que encontré mientras buscaba otro [que por lo visto perdí en su versión digital… ¿dónde estará la versión en papel? Mmm…]. Debido a su extensión lo publicaré por partes cada dos días. Hoy va la primera.

Candelas para Saray

Es sólo un retraso, la mujer cocinaba yuca y guineos, regando con su sudor el suelo de tierra del rancho y la desconchada olla de aluminio. Un niño con expresión estúpida la miraba a través de las lagañas y los mocos, absorto a todos los movimientos que hacía ese cuerpo voluminoso y moreno de tinaja humana. La mujer la invitó a comer con una sonrisa franca y cariñosa. La joven estuvo tentada a rechazar esa generosidad que no pedía ni quería, pero no podía decirle que no, pues trataba de ser amable con ella, no era una mala persona y la había aceptado desde el inicio sin recelos, queriéndola casi como a la hija que siempre quiso y no tuvo. No quería despreciarla, pero no tenía la suficiente confianza para sentarse en la mesa de esa mujer a comerse su poca comida. Además, menos altruista e inconfesablemente más sincero, la cotidiana mugre del lugar le hacía dudar de la salubridad de los alimentos. La joven forzó una voz cálida y amistosa, y aceptó sin convencimientos.

Ambas esperaron en silencio a que llegara Toribio, el hijo mayor de esa matrona pobre, y aún cuando éste llegó se mantuvo un silencio cohibido. Sabía pero no entendía por qué esa muchacha estaba en su casa. Y por más que se repitiera que sólo era la hija, no podía dejar de ver el resplandor de serpiente que había en sus ojos. La heredad más incuestionable de Telémaco Trujillo Guerra, dueño del piñal y de todo o casi todo lo que pudieran nombrar en muchas manzanas a la redonda. Más de una vez en el pueblucho se bromeaba que sólo faltaba que llegara don Tele con un papel en la mano alegando que Dios, las mareas y todos los granos de arena más uno, eran de su propiedad. Comieron apenas viéndose, hablando poco, la joven se esforzaba por tragar esa pasta masuda sin hacer excesivas muecas de asco. Cuando le ofrecieron agua para beber ella se negó elegante y rápida, no fuera a contagiarse de alguna enfermedad rara. Quizá se hubiera podido sentir a gusto si no sintiera insistente el temor reverencial que le profesaba Toribio, al tiempo que desgranaba de cuando en cuando miradas indiscretas hacia ella, especialmente a sus piernas de bronce pálido. El niño no decía nada, comía en silencio, mirándolos sin verlos.

Cuando se acercaba la hora del café la joven se marchó de allí prometiendo que volvería si encontraba alguna noticia. Al salir vio por casualidad una imagen de San Antonio y otra de San Cristóbal atragantadas de humo de candelas y de rezos. Ella caminó indiferente entre las covachas que alguna vez alguien pensó que llegarían a ser un pueblo e inclusive quizá hasta rivalizaría con El Puerto como máximo fondeadero de esta costa del país. Ya ni siquiera los viejos recordaban cómo se había llegado a llamar ese revoltijo de casas de madera y latas oxidadas, mareadas de ver al mar y amontonadas en un pequeño claro que la selva había cedido a regañadientes. Montó en su matusalénico y casi indomable jeep para eludir los cráteres del camino de lastre que llevaba a su casa. Pensaba en lo que haría más tarde. Tal vez iría a ver al Ruso para que le contara historias jocosas de su patria, a lo mejor visitaría a Paulina para comentar los últimos chismes de la semana, o quizá se quedaría el tiempo suficiente en su casa para la visita de siempre de Lawrence, el hijo del todopoderoso míster local. Que tenía más dinero que su padre, pero muchísimo menor respeto entre los pescadores y sus familias.

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6 comentarios en “Candelas para Saray [Parte I]

  1. El oficio de escritor queda al descubierto al leer textos como este, feicitarte no es nada, es lo menos ante un texto bien escrito y logrado, deje esta ciudad dormida para mudarme a este puerto que traes en tus letras.

    Siempre te sigo, y atenderé este texto como se merece.

    Un abrazo.

    Deshora.

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