Candelas para Saray [Parte II]

-Boris, ¿cómo es Rusia?

-Es como un cuento muy bonito que siempre acaba mal. Estoy seguro que si Tolstoi resucitara, y la tratara de comprender, se moriría de la cólera.- decía Boris Grigoriévich Vasiliev sonriendo mientras saqueaba el vodka de su copa de un solo trago sin transpirar siquiera.

Tadeo lo miraba embelesado y envidioso apenas sorbiendo su cerveza. Ese hombre había encallado hacía dieciocho años en aquellas arenas somnolientas apenas perturbadas por las mareas y se había montado su bar con el dinero miserable de su pensión de marino de la agonizante Armada Soviética. Contaba las mejores y más heroicas historias de mar que él nunca podría contar. Tadeo se consolaba pensando que él sólo era un pescador que nunca se había alejado de su casa más allá de tres semanas de mar y por tanto era absurdo cualquier amago de comparación. A su lado Saray fumaba feliz, oyendo con suprema atención lo que el Ruso narraba generoso ajena a las miradas de los otros hombres, eludiendo con gracia cualquier intento de ellos por mirar el tesoro bajo su falda corta. Desentendiéndose elegante del temor reverencial que le profesaban todos con excepción de Tadeo, con excepción de ese ruso melancólico y sabio, en algunas mareas.

Hacía una noche pegajosa y caliente. Hoy le tocaba el turno en ser contada la historia de la vez que el buque de Boris estuvo a veinte kilómetros de entrar en aguas nacionales gringas y tras una maniobra imposible logró escapársele al submarino enemigo que no había dejado de morderle la estela que dejaba desde hacía dos días; ambos capitanes conscientes que sus movimientos y sus aciertos o sus fallos podrían desencadenar una crisis que sólo se había visto desde lo de Cuba. Era un excelente narrador pero escribía un pésimo ruso y nunca se animó a hacerlo en español, era por ello que le encargaba a Tadeo la tarea de pasar a papel todas sus memorias. Cuando terminó el relato se había bebido toda una botella de vodka y apenas se le notaba en los ojos grises, menos tristones. El bar prorrumpió una sonora ovación en honor a la bravura de esos hombres desconocidos de nombres inverosímiles e impronunciables. Era algo divertido porque todos los pescadores sostenían el mismo marxismo no practicante que Boris se ufanaba en creer, pero confundían a Lenin con Stalin y comparaban a Stalin con Ortega, por los bigotes, por supuesto. Le dedicaban todas las maldiciones que se sabían al dominio capitalista-imperialista de los Estados Unidos, tal como habían escuchado del Ruso aunque solo algunos comprendían a medias lo que decían. Una larga lista de comentarios nada amistosos y poco decentes acompañaba sus arengas de revancha. Pero las veces que se aparecía alguno de los hijos del Gringo todos se callaban y no decían nada. No fueran a molestarse con ellos, dejándoles de comprar gran parte del pescado con el que abastecían al Hotel, la Marina y los tres yates de recreo que los extranjeros alquilaban para disfrute del paso efímero y constante de los turistas foráneos, nunca nacionales, allá al otro lado de la lengüeta de tierra que los separa de sus vidas salinas.

-Boris, ¿por qué después de tanto mar y de tanto conocer tantos puertos te quedaste aquí?- Tadeo le disparó una mirada de reprobación a la imprudencia de Saray. El bar quedó en suspenso, casi nadie conocía la verdad. Lo único que se sabía era gracias a los chismes espontáneos que habían surgido y muerto y habían sido reencarnados en otros y vuelto a morir, tras tanto tiempo de conjeturas.

-Ay hermosa. Por los ojos de una morena que nunca me quiso.

-¿De aquí?

-No, de más al norte- y se sumió en un silencio de marea baja. Estornudó, se sorbió los mocos ruidosamente al tiempo que dejaba descansar la mano izquierda sobre su gran panza de dieciocho años en tierra firme, y volvió a sonreír. -Tené cuidado poeta, que ninguna logre meterse con fuerza en tu cerebro o en tu corazón, si no querés quedar varado en algún país extranjero… Bien mirado no estaría tan mal…

Tadeo encogió los hombros sorprendido y avergonzado. Saray recostó su cabeza en el hombro de su pescador, ruborizada y con pena por algo que no pasaba aún, ni quería que sucediera. El resto del bar prorrumpió una carcajada irónica ante las palabras del marino, no todos estaban celosos de la suerte de Tadeo pero todos estaban convencidos que no duraría mucho. En otra ocasión Boris había sentenciado que los finales felices no duraban para siempre, y con cierta aprehensión todos habían estado de acuerdo.

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7 comentarios en “Candelas para Saray [Parte II]

  1. see you … en dos dias

    [dejo la sombrilla acá escondida en un rinconcito que no es cosa de atravesar en idas y venidas medio mundo cargada con ella; espero que no moleste; “… comparaban a Stalin con Ortega, por los bigotes…”; te sigo imitando al decrite Buena Nota]

      • Regreso pues no me había dado cuenta que has publicado el Capítulo III. Me relajan los días de sol en una cálida playa. Pero moriría si no tuviese oportunidad de dejarme empapar por una tormenta inesperada. De chica saltaba en los charcos ¡ganaba cada regaño al llegar a casa! No considero esta tu tierra extraña, aunque no la conozca más que de documentales o fotografías. Paso a leerte de nuevo!

  2. y mejora aún… me hiciste acordarme de el marinero polaco al que siempre quise como padre y llame tio, ese se quedo aqui por los ojos de una morenita que conoció en Orotina hermana de mi madre, la diferencia es que a él si lo quisieron.

    Espero ansioso lo que sigue.

    Deshora.

    • Ey, qué buena nota. Me alegra que evocara un buen recuerdo.

      Unos parientes míos tienen un ascendiente yugoslavo -sabrá dios si ahora se denominará, serbio, bosnio-herzegovino, croata, montenegrino, macedonio, esloveno, kosovar…- del que tengo que contar su historia que es como de cuento. Apenas pueda, la escribo.

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