Candelas para Saray [Parte IV]

Tadeo tomaba con desgana su cerveza, la pesca escaseaba y se pagaba mal. Boris, en cambio, llegó sonriendo y apestando a vodka. Empezó a desmadejar negligente al principio pero luego puntual los incidentes que recordaba de su vida en tierra antes de arrojarse de cabeza a un barco. Tadeo escribía todo, desde los ehh… hasta los mmm…, la forma que él consideraba más fiel posible a la narración. Un rumor de oleaje en vaciante los sacó a ambos de la labor de confesión y crónica. Una muchacha había irrumpido en las siete y media de la noche del bar. Los pescadores miraron desconcertados a la intrusa flanqueada por otras dos chavalillas del lugar que nunca antes se habían atrevido a poner sus pies tras el umbral de la puerta desvencijada de “La Revolución de Octubre”, o La Revu como la llamaban todos. Ninguna era desconocida, pero resaltaba sobremanera la del centro por ese brillo de los ojos. Caminaba segura y desentonaba con la vacilación de sus acompañantes.

Boris le regaló al trío su mejor sonrisa de otros tiempos y las invitó a sentarse a la mesa junto a la de Tadeo, la única vacía. Cortés les preguntó lo que querían y asintió galante a sus pedidos. Sabía quién era la de los ojos raros, pero no por eso actuaba como joven conquistador. La presencia femenina, donde sea, siempre es motivo de alegría, sentenciaba convencido cuando estaba rodeado de los clientes habituales. Invariablemente todos hombres, exceptuando a las dos putas de siempre que esperaban el desembarco de cada pesquero y que ahora jugaban a las cartas en su mesa mustia.

Tadeo espiaba sorprendido a las tres jovencillas, el resto del bar también les dedicaba miraditas furtivas de tanto en tanto, mientras que Boris seguía recordando en voz alta una vida que ya no sentía suya. El pescador las descubrió esforzándose por oír la historia que el Ruso hilaba a tropezones. Le sonrió a la que más conocía, la hermana de Biche, y ella le devolvió la sonrisa cohibida de estar en el lugar exclusivo de los hombres. Pero fue la de los ojos con resplandor de serpiente la que se acercó, bajo la excusa de necesitar fuego para encender un cigarrillo. Boris buscó, demorándose en los bolsillos, la caja de fósforos que Tadeo se apresuró a ofrecer. Sabía quién era ella, pero era la primera vez que la veía. Ella se había convertido en algo de leyenda, “allá en la casa de don Tele hay una chavala, la mayor de los hijos… pero nunca la han visto en el pueblo”. Sólo aquellos pocos que lograban traspasar las verjas reventadas de óxido, previo permiso de su dueño, confirmaban  el mito con sus ojos, y lo alimentaban y rehacían hasta rayar la maravilla casi imposible. Todos en el pueblo podían identificarla. Era famosa, y ella no lo sabía. Ese fantasma vago hacía por fin su aparición. Y se le acercaba a él, a Tadeo, para pedirle fuego. A alguien que nadie se hubiera imaginado que ella quisiera conocer.

-Ruso, ¿esa historia es cierta?- le dijo con su poco tacto.

-Tan cierta como que es la mía. Y por tanto mucho más importante y más creíble que la de cualquiera- dijo Boris, sin ningún asomo de orgullo.

-¿Y por qué la cuenta?

Tadeo se revolvió incómodo. ¿Qué se creía esta desconocida? ¿Qué le daba derecho siquiera a estar ahí? Miró a Boris esperando su bramido de oso en respuesta a tal ofensa. Sólo sonrió más, como sorprendido de la idea y se mesó los cabellos pensando qué decirle.

-Es un acto de narcisismo, señorita. Para satisfacer mi ego.

Nadie de los que escuchaban con disimulo –que era todo el bar- pudo entender bien la respuesta del ruso. Y por ello mismo se abstuvieron de contestar, no fuera a decirles algo más raro y luego a pedirles su opinión. Con el tiempo la frase ya conocida se había vuelto el mejor medio entre los pescadores para zanjar una discusión, especialmente cuando se quería dejar al otro callado y sin el crédito de la última palabra. Tadeo la volvió a ver con una sonrisa de conquistador triunfalmente eufórico, en tanto que Boris se molestaba en llenar el vaso con más vodka. Esta vez lo había dicho en serio y no con la malsana intención de cerrarle la boca a esa atrevida.

-Yo diría más bien que es un intento de ganarle la partida al olvido, o quizá un acto de contrición.

Allá en la lejanía brumosamente nicotínica de la barra el Jámes no perdió detalle de nada, quiso responderle a esa desconocida de leyenda pero no supo qué decir. Él, que ni siquiera la frase lapidaria del Ruso lo amedrentaba a mantener la boca cerrada y siempre tenía un argumento acorde a la conversación, esta vez emitió unos breves balbuceos de ahogado. La expectación del bar se rompió en un murmullo ensordecedor de conversaciones, imposibles todos de seguirle el hilo al ruso y a esa chavalilla de ojos con resplandor de serpiente. Una de las dos putas de siempre hipó de aburrimiento.

-Es probable que sea por ambas cosas- Boris confesó con cierto pesar.

-Jamás me lo había cuestionado- el asombro de Tadeo era monumental. –Siempre creí que tener una autobiografía era el mejor modo de vencer a la muerte.

-Ay amigo,- ella no conocía aún el nombre de ese joven de piel tinta de sol con manos rasgadas por sedales y sal, pero quería hacerlo -nadie podrá vencerla. Hasta los santos se mueren.

-Quizá, pero no creo que chapotear en el estero de los recuerdos tenga que ser una disculpa por vivir.

Ella sonrió sin mayor pretensión que afirmar lo que el pescador había dicho, el Ruso entendió mal y fue a sentarse con las dos acompañantes de esa joven de leyenda, olvidadas desde que se levantó a pedir fuego. No quería estorbar, lo odiaba sobremanera.

-Jamás hubiera pensado que un pescador pudiera hablar así

-No somos idiotas

-No quise decir eso

A Tadeo no se le pasaba la rabia de que ella hubiera llevado a Boris a una melancolía de callejón sin salida. Aunque cada vez que ella hablaba no podía dejar de ver cómo sus labios se curvaban al ritmo de sus palabras. Había algo en ella que la hacía distinta a todas las mujeres que había conocido. No era ese perfume de leyenda, no era por ser la hija del viejo ese. Un algo la hacía distinta, mucho más interesante de lo que alguna vez, con excepción del Ruso, hubiera creído que alguien pudiera serlo. Y también quería que pidiera disculpas por su intromisión, pero no quería que se fuera.

-¿Cómo te llamás?- ella se desentendió de la botella de cerveza que de cuando en cuando besaba.

-Tadeo, ¿y vos?

-Ya lo sabés, es más, todo el bar parece saberlo.

-Quisiera oírte nombrar. La gente pronuncia su propio nombre de una forma, una música distinta pues no es el de alguien más, es el de uno y por eso es más importante.

-Se ve que has estado con el ruso mucho tiempo.

El pescador tomó con pretendida despreocupación el cuaderno arrugado y oloroso a noches en La Revu y lo mostró con orgullo infantil.

-Al final, aunque uno quiera o no, se termina pensando de una forma parecida a aquel que te conceda la gracia de contarte toda su vida.

-No parecés pescador. ¿Dónde estudiaste?- ella estaba realmente asombrada. Hasta le estaba empezando a tener respeto.

-Apenas si terminé la primaria.- Y luego con orgullo -Pero he leído mucho los libros que el Ruso me presta.

Ella encendió otro cigarrillo antes de contemplarlo silenciosa, turbio a través del humo azul grisáceo y quizá por eso lejano como lanchilla en el horizonte. Tadeo veía a Boris contar una historia graciosa a las acompañantes. Por primera vez desde que lo conoció no tuvo ganas de estar junto a él, escuchándolo. Empezó a sentir en sus pies esa sensación leve del mar cuando se retira tímido y sin fuerzas de la arena. Igual que cuando le sucedía con Daysy, con Raquel, con Tina.

-Vos sí estudiás, ¿verdad?

-Ya no. Hace nada terminé el cole. Y no sé… Quisiera ser bailarina, pero estoy segura que mi papá no me va a dejar. Estoy así, sin ganas de hacer nada. Por eso este año lo agarré para estar de vacaciones mientras me decido si quiero ir a la universidad.

-Yo daría mi ojo izquierdo por ir a la Universidad…- Tadeo dejó escapar sin darse cuenta. Ella le sonrió con cierta lástima, sin saber qué decirle. Era un imposible y los dos lo sabían.

-¿Qué hacés ahora?

-Nada. Veo tele, oigo música, leo- mintió descarada -, leo un poquito. Y pienso qué voy a hacer cuando me vaya para siempre de aquí.

-No querés volver- a pesar de ser una afirmación trágica, ella lo recalcó con un asentimiento de cabeza -. ¿Y qué has pensado hacer?

-Tener un gato, porque mamá no me deja, le dan miedo… Ir al teatro, aprender a tocar guitarra, salir en la noche a tomar y llegar en la madrugada, bien jumas…

-Casi todo lo podrías hacer aquí.

-Sí pero con mi papá y mi hermano jodiéndome la vida.

-Sí bueno, eso es cierto- decepcionado, se estaba empezando a aburrir.

-¿Vos qué harías si pudieras escapar de este pueblo ahogado de olvido?

-Yo no sueño con imposibles.

-Deberías, las semanas no serían entonces una pobre copia de sí mismas. Los días tendrían… un… un sabor a menta y los años no serían un costal aburrido de siempre lo mismo. Habría espacio para perderlo teniendo esperanza… aunque parece que no lo creés necesario.

-Es más fácil, uno no se amarga…

-Pero será  más difícil cuando se esté viejo.

-¿Para qué? ¿Para estar pensando en lo que no se pudo hacer?

-Para acordarse de que cuando se era joven uno tenía por lo menos una buena excusa para no pegarse un tiro.

Tadeo la vio encender otro cigarrillo con la chinga que le empezaba a quemar los dedos. Se apoyó con un codo en la mesa, viendo el cenicero, luego su cara y sus ojos resplandor como de serpiente. Le sonrió de vuelta. Justo en el momento que había decidido perder cualquier ilusión de seguir con la plática, ella lo había sorprendido tanto o más que al principio. A pesar de que ella sea hija de este montón de latas y maderas amontonadas como un pueblo amodorrado en la nada, y de tener toda la plata del mundo o casi, y por ello poseedora de la maldición de una vida vacía de espuma de gaseosa agitada, no se había dejado arrastrar por esa corriente sin nadar hacia la costa, sin soñar con la arena.

-Fumás demasiado.

-Sólo cuando tengo calor.

Tadeo rió de buena gana, -aquí siempre hace calor.

-En Chepe no.

-¿Ibas a la capital para ir al colegio?- Tarde reaccionó de lo tonto que había sonado esa pregunta.

-Vivía ahí con una tía hasta las vacaciones. Era la muerte. No he conocido a nadie con mayor vocación de militar que tía Ofelia.

-Con razón nadie te ha visto en el pueblo.

-Eso y porque papá no me deja salir cuando estoy aquí.- Se acercó confidente. -Hoy ando escapada.

-Ya entiendo por qué no soportás vivir en este lugar.

-No es eso, es que me exaspera.

-…- sorbo de cerveza -Te gusta tener la última palabra.

-No- Rieron felices olvidando la influencia lunar que ejercía su conversación en el oleaje de todo el bar, que los observaba con una atención descarada que poco les importaba camuflar. Cuatro hombres se levantaron, unos más tambaleantes que otros, Tadeo vio que un quinto hombre, más viejo, señaló la puerta y siguió a los otros que ya habían salido. Su hermano Toribio, recién desembarcado esa tarde, le hizo un gesto para que reaccionara y se fuera a dormir.

-Tengo que irme a dormir, mañana toca salir.

-¿Qué?

-Mañana salgo a pescar.

-¿Cuándo regresás?

-Una semana, nueve días si la cosa está mala.

-Ojala pueda escaparme cuando volvás.

-Ojala.

Tadeo había caminado ya cincuenta metros -¡Saray!, Saray Trujillo- escuchó como una revelación que no era para él. Respiró hondo el olor frío de la noche, que por esos segundos, dejó de ser salobre.

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10 comentarios en “Candelas para Saray [Parte IV]

  1. Buen cuento, Adrian, permiteme decirte que no es el mejor de los tuyos que he leido, porque pienso que hace tiempo que lo escribiste. Sin embargo si tiene un estilo bueno, que se lee con agrado y que promete un escritor que tendra su biografia si sigue escribiendo.
    Salut

    • Buena nota, Micro.

      Decíme, que me interesa, ¿qué sentís que le falta o le sobra a este cuento?

      Cuando lo hice quería cambiar de estilo… y la verdad me costó mucho, tal vez sea eso.

      ¡Pura vida!

      • No le falta ni le sobra nada, bueno algo de precision con los personajes que a veces me he perdido un poco (de todas maneras es posiblemente fruto de la publicacion por entregas)
        No me hagas mucho caso, es que a mi me gusta mucho lo absurdo y me encanto el del autobus, el que dabas vueltas con el mundo ( lo digo de memoria) y tambien el de la niña y la criada. Pero este tiene otro estilo, como mas de buscar en el interior para descubrir las conchas que has enterrado (las candelas?)
        Salut

  2. Tras leer tu estupenda entrada política [lamento muchísimo la situación Adrián] sobre la que no opino más por desconocimiento, aunque sabes que estoy en lo posible por informarme al máximo, quiero aclarar acá un detalle de términos. MI amigo Charradetas es Pura Vida = Buena Gente con toda admiración. Ignoraba que pudiese emplearse también como expresión de sarcasmo [me alegra haberlo aprendido] que no es mi caso en absoluto. Pues Eso. Que trates de lo mejor a Charradetas si se acerca por acá. Un abrazo.

    • Por supuesto, perdé cuidado.

      El uso de pura vida e incluso el de una palabrota como “hijueputa” en este país se puede usar tanto en positivo, como en negativo, depende del contexto y la entonación.

      Podés decirle a un amigo, “es que a este hijueputa yo sí que lo quiero” -jamás decírselo a un mayor, a tus tatas, a alguna amiga quizá no le guste para nada- e inclusive es parte del habla popular bastante muy informal…

      Pero todo depende, como dije, de la entonación… y bueno, si te lo dice un completo desconocido/a… pues, muy amistoso no será

      Introducción al lenguaje pachuco I -jejeje- [Pachuco: persona vulgar, corriente]

      Pura vida

  3. Esta pachuca no sólo disfruta sino que aprende mucho con el trabajo que haces en tu Blog, además de con la generosidad con que me explicas en tus respuestas cosas que desconozco. Pura Vida.

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