Candelas para Saray [Parte VI]

Apuro la publicación, por el atraso…

Dijo que esta vez le traería un collar de brillo de rayo de luna a medianoche con cuentas saladas de agua de mar. Ella lo vio con un poco de vergüenza ante las expresiones de extrañeza incómoda de todos los compañeros de él y meneó la cabeza. Claro, ¿quién más sino el poeta?, se burló Biche al tiempo que escupía por uno de los muchos agujeros de su dentadura. Ninguno de los otros cinco hombres, incluyendo al aludido, dejó de acomodar los aparejos para la faena de montar en pelo en el lomo del mar y rieron de buena gana. Unos entornando los ojos maliciosos, alguno con envidia y otro con la madera piel de la cara aún más encendida que nunca.

.

Hace un tiempo había sido una verdadera estrella de mar, pulida y tibia, con incrustaciones de nácar y lucecita propia

.

Uno de los que más le habían gustado había sido la promesa de unas mareas esmeraldas, pipas que guardan en su interior islas pequeñitas, caballitos de mar y oro

.

Pero siempre recordaría el primero, un cofre pirata del tesoro desbordado con los anaranjados y violetas de cada atardecer cuando me acuerdo de vos

.

…………………………………….“Sólo, si antes me das un beso…

…………………………………….pa’ ahuyentar al tiburón,

…………………………………….al viento fuerte,

…………………………………….a la tormenta

…………………………………….y qu’el motorcillo sin repuesto,

…………………………………….no se joda esta semana”

.

Primero prometía siempre un regalo distinto -una ola nunca es igual a otra, por juntas que estén le decía- y luego canturreaba la canción que le había inventado para Saray, desafinando sin intención. Nunca antes se había atrevido a hacerlo frente a sus compañeros, cómplices del peligroso trabajo de robarle al mar sus pepitas de plata viva y cola de pez. Después de que Biche rociara su ironía tóxica, él ya no se atrevió a dedicarle la cancioncilla para conjurar la mala fortuna. Ritual infaltable y alegre ante la perspectiva de una semana lejos, con tanta agua de lágrimas de distancia. Le dio un beso rápido y nervioso sobre la frente y se volvió para aferrarse de los cabellos de Deilyn II cuyo motor con arritmia crónica empujó a los seis hombres pesadamente cortando olas y alborotando espumas hacia los cardúmenes inciertos de más allá del horizonte.

Saray Trujillo Ruiz volvió silenciosa de cara al amanecer que se desvelaba al otro lado de la montaña hacia su casa mientras que a espaldas de ella el mal chiste de embarcación se había perdido en los últimos rastrojos de noche que se negaban a ahogarse en el inquieto vaivén donde el mar se engullía al cielo. Arrastraba perezosa los pies pintando arabescos en la arena fría, escribiendo allí su futuro, pero no estaba presente alguien con sabiduría simple que le dedicara un buen rato de contemplación para entender cómo leerlo. Para ella la verdadera preocupación de ese momento era evitar encontrarse a su padre en el camino, ella entrando luego de un hasta luego repetido continuamente cada dos semanas de anclaje, cuando el precio era bueno y la pesca abundante; él saliendo hacia la plantación de piñas mientras mordía molesto el primer cigarro de la jornada. No es un mal muchacho, sólo que tiene la coronilla reventada de sol y nunca va a tener plata, le decía con esperanzas de que su hija entrara en razón. Es un chiquillo raro, pero buena gente, le obsequiaba su madre resignada y aliviada que ya no viera más a los patanes de siempre y de los que don Tele nada sabía, por dicha.

Pero hoy su padre aún no se había terminado de preparar para supervisar el trabajo de los peones y su madre aún seguía durmiendo, así que lo halló con una taza de café y el periódico de ayer, sentado muy cómodo en la cocina al tiempo que miraba con cierta aprehensión hacia la puerta que daba al patio. Sitio preferido por su hija para volver luego de que despidiera a aquel pescador sin destino desde la decente distancia de la cerca de madera que delimitaba su propiedad, arrancada de la montaña con la absurda obstinación que caracterizaba todos los proyectos que se imponía. Pero Telémaco Trujillo Guerra no se había dado cuenta que su hija llegaba a mojarse los pies en la helada aurora de la arena de la playa, prendida del anzuelo de las palabras de su pescador. Y tampoco había descubierto que antes de decirse el último hasta luego ante el botecillo, el joven, a instancias de Saray, se había regalado todos los besos que no podría robarle en esa semana. Si acaso el severísimo y muy respetado don Tele se hubiera enterado de eso, encallaría a esa mocosa en la casa de su hermana en la capital mientras se acababa el año de gracia. Y el pescador no podría volver a sonreír con dientes propios ni encontraría quién quisiera contratarlo. Aunque dos años atrás había promovido, celebrado y permitido que uno de los hijos del Gringo todopoderoso le hubiera propuesto a Saray que lo acompañara por un mes en viaje por su verdadero país, y ella había aceptado.

La vio aparecer en el umbral con una sonrisa discreta, mientras se limpiaba los pies del barro que había hecho el rocío con toda la tierra del patio. Lo saludó con un beso respetuoso en la mejilla, mientras que con la mano que estaba más cerca de la mesa le robaba un cigarrillo. Lo encendió sirviéndose café. Tenés que venir conmigo a la finca, le dijo a ella con su voz de lastre, este tobillo me sigue jodiendo. Hubiera preferido llevarse a Flavio para controlar mejor a sus hombres, pero la última vez se había desentendido del trabajo y lo había encontrado acompañando a Pancho, su antiguo capataz, con media botella de vino de coyol estorbándole a ambos en las arterias. Saray hizo una mueca de aburrimiento y le robó otro cigarro para después. Se dirigió a su cuarto para ponerse pantalones y buscar una gorra, iba cantando una canción suave que olía a tarde en altamar, al mismo tiempo intentaba unos pasos de baile que buscaban imitar un vaivén continuo.

Telémaco había observado todos los movimientos de su hija mayor, algo en ella que no entendía lo obligaba a mirarla con atención. Quizá era ese parecido providencial con su madre cuando tenía su edad, quizá era esa forma de caminar, acechante, quizá era esa melena oscurísima y llena de rizos, como de mar en tormenta. Sabía que era una chavala hermosa, demasiado, y que ella también lo sabía. Eso es peligroso cuando se vive en las costas, una mujer así puede manejar fácilmente a un hombre de mar o a todos los que quiera dependiebndo de la firmeza de sus piernas, pensó entre horrorizado y divertido. Una ráfaga de sus recuerdos de joven le había refrescado las sienes. El problema es que estos malos hijos de Neptuno son terriblemente vengativos y territoriales, algo así como esos bichos belicosos que llaman leones de mar y que Telémaco había visto documentales sobre ellos por televisión.

El hombre sonrió complacido de su comparación tan exacta, se escarbó un oído, le dio una calada rotunda a su cigarro, exhaló una nube de lluvia ácida, se levantó y cuando estaba a punto de decidirse a abrir la puerta del cuarto de su hija para preguntarle por qué hoy estaba tan terriblemente triste, prefirió evitarlo pues no habría sabido qué decir.

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4 comentarios en “Candelas para Saray [Parte VI]

  1. mi estimado, creo que esta es la mejor lograda de todas las partes de tu cuento… me quedo esperando más y quisiera leerlo de golpe, pero esta bien así, para asimilarlo…

    deshora.

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