Candelas para Saray [Parte VII]

Jugaba con la ansiedad que tenía en sus manos. Ya le había dicho Boris que esa noche no habría narración. Estaba resfriado y silencioso vaciando el vodka de esa noche, feliz de estar feliz y avergonzado un poco por no saber por qué. Una candela empotrada sobre una botella tinta en parafina alumbraba todas las mesas, se había interrumpido el fluido eléctrico. Según dijeron, porque un árbol tan viejo como el mundo se había desplomado llevándose consigo varios cables y un poste de luz, en venganza. La luz de una linterna apuñaló la penumbra materna de La Revu, Saray logró llegar luego de tropezarse con una silla que no vio. Tadeo la observaba dichoso con una sonrisa tonta, extrañamente feliz.

Un pitazo estentóreo y conocido estalló sobre los murmullos apacibles de los otros clientes, a modo de despedida amistosa.

-Flavio me vino a dejar en carro- ella creyó necesario excusarse.

-¿Y don Tele?

-En El Puerto, arreglando no sé qué asuntos del embarque- Su padre estaba experimentando cómo podría ser el negocio de las plantas ornamentales, “un dinerito extra” había dicho. A ver si así paliaba el problema de unas ganancias menguantes, la piña no se cotizaba tan bien allá en el mundo.

-No te habría dejado venir- el ruso pensó en voz alta, apenas poniendo atención a la joven.

Tadeo exaltado por la besó de bienvenida, le pasó un esqueleto de erizo de mar y un sobre que ella agradeció con un fulgor de serpiente mucho más tenue y las mejillas encendidas, que no se pudo ver porque una ráfaga de viento indiscreta casi apaga la flama de la vela.

-Bonita noche. Como para tener una muchacha linda al lado- y Boris miró con ternura de padre a su fiel cronista y confesor. Tadeo abrazó a Saray con fuerza, feliz de tenerla cerca y el Ruso celebró la ocurrencia con un sonoro trago de vodka. Saray a duras penas sacó la cajetilla y se puso un cigarro en la boca, Tadeo le acercó una caja de fósforos media empezada. Con movimientos torpes desperdició cinco antes de poder sostener una llama el tiempo suficiente para que ella encendiera el tabaco. Después del tercer intento, Saray trató de deshacer su abrazo para ocuparse ella misma pero Tadeo no la dejó, inusitadamente feliz de tenerla cerca, especialmente empecinado en desvivirse por ella, estaba extraño. Ella sintió la misma opresión que deben sentir los salvavidas.  Se resignó sorprendida, a su terquedad.

-Contános algo, Boris.- alguien al otro lado de La Revu sugirió.

Boris se echó hacia atrás, aclaró un par de veces su garganta, escupió al suelo otras tantas, torció la boca en una mueca contemplativa y al final parpadeó un poco al tiempo que sonreía. Sólo entonces empezó a narrar una historia que prometió que sería divertida acerca de lo que le sucedió a Mikhail Ivanovich, un viejo amigo suyo que no había visto en dos décadas, cocinero del mismo buque donde ambos habían servido desde que se graduaron de la Academia. De cómo una vez su barco había terminado de realizar unas maniobras en el Báltico y tenían toda una semana de licencia.

-…en un chinchorro de malamuerte para pescadores, pero con buena cerveza, igualito a éste…- carcajadas generales, su panza de dieciocho años de deriva en tierra se bamboleó enloquecida. Su mano izquierda se levantó e hizo un ademán de enseñarle el lugar a un visitante invisible-…y se va encontrando a esta polaquita con un nombre horrible, pero con un culo precioso…- y se demoró en un chapoteo mal hilvanado de una anécdota simple, casi simplona, pero terriblemente graciosa, no tanto por el contenido sino por el narrador-…al final ella se fue con su “exnovio” y con todos los billetes de Mikhail.- Risas generales, aplausos y casi hasta fuegos artificiales, en tanto que el Ruso ponía cara de sorpresa fingida frente al Jámes, que ya se sabía la historia y que le decía adiós con exagerados ademanes femeninos, le lanzaba un beso y guiñaba un ojo. Parte importante del “espectáculo”.

De entre la salva frenética de más risas desternilladas, silbidos provocativos, espuma de cerveza, gritos de alegría, más aplausos, alguno que otro grito de guerra de uno de los pescadores guanacastecos que andaban de paso y que todos evitaron responder a conciencia para evitar broncas, Saray logró sacar otro cigarrillo sin poder soltarse del abrazo de boa necia de Tadeo. Ya no quedaban fósforos, gastados por Tadeo en intentos infructuosos de encender los dos cigarrillos anteriores sin soltarla. Con el único brazo libre que tenía acercó una vela tratando de encender su tabaco con la flama. Boris no creía lo que estaba viendo.

-¡No haga eso! Cada vez que se enciende un cigarrillo con una candela, ¡un marinero muere en el mar!- Pero ya era tarde y ella exhalaba el humo gris después de mancharle los pulmones. El ruso entonces murmuró unas palabras ininteligibles de algo que sonó como una oración. Saray notó que no escuchaba nada, y pensó que se había quedado sorda como castigo, todos los pescadores la miraban en silencio funeral, inmovilizados en la penumbra, inmóviles y fieles creyentes de la superstición del Ruso. Tadeo se atusó respetuoso el incipiente bigote de tres días que se dejaría para siempre y que Saray odiaría en secreto, porque no le lucía bien y por avejentarlo como cinco años.

-Perdón, perdón, yo no sabía. En serio…

-Tranquila, vida mía. Pero no lo volvás a hacer.- Los pescadores se sentaban respetuosos en sus lugares, con la celebración echada a perder. Boris aún no levantaba la cabeza. Saray recordaría ese momento aún cuando la vejez le robó la memoria.

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4 comentarios en “Candelas para Saray [Parte VII]

  1. Ni siquiera la vejez habrá de robar instantes como estos, Adrián. No te comento pero entro todos los días y leo. Leo saboreando tu especial lenguaje, las acrobacias: “La luz de una linterna apuñaló la penumbra materna…”
    Me encanta, así que, continua.
    Un abrazo.

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