Candelas para Saray [Parte VIII]

El pasearse con la frente alta, machacando la tierra fértil del piñal, con la mirada respetuosa y espía de los peones. Atentos al oleaje de sus caderas y trasero. Le gustaba sobremanera esa reverencia de imposible. Esas expresiones de deseo mal disimulado, de no poder siquiera reventar un piropo nuclearmente pasado de tono.

Yáckser se encogió de hombros y ella supo que él no tenía ni idea de dónde podían estar las cajas con piñas que faltaban en el inventario. Se acentuó el resplandor de serpiente de sus ojos, pero el otro sólo atinó a levantar de nuevo los hombros, seguro de la inocencia que ella sabía cierta. Tal vez con el otro guarda habría más suerte. Cuando se acercaba su padre hacia ella, negó leve con la cabeza y el viejo escupió al suelo una maldición y fue en pos de Maicol, el otro guarda. La retahíla palabrotas de don Tele fue casi antológica. Era ya la cuarta vez que sucedía. Tenía que ser alguien de la noche, todas las pruebas apuntaban a eso. Oiga, m’ijita, ¿usté cré que don Tele me eche el muerto a mí también? Vea, yo me ocupo de ver la parte donde no se han robao nada. Y vea que yo tengo que velar por mi señora y mi chiquita. ¿Usté no podría interceder por mí? Sólo por si acaso. Ella lo tranquilizó, y le confió pícara que más bien su padre estaba pensando en subirle el sueldo. Él le agradeció con un sonrojado gracias y no dijo más sintiéndose mal de cartografiarle con los ojos cada milímetro de su cuerpo y de imaginarse cómo sería poder llevársela a la cama, si alguna vez se enloquecía el orden del mundo y él pudiera tener esa oportunidad.

Sentada como estaba, sobre la ruina oxidada de un tractor varado allí desde antes que naciera, con el guarda agradecido y apenado de pie con la cabeza gacha, se preguntó qué estaría haciendo su pescador poeta. Ayer había partido con la certeza de que ésa iba a ser la última vez que ella se quedaría atisbando hacia el mar, esperando su vuelta. Ya lo habían hablado y ambos sabían que todo terminaría cuando ella se fuera. Amor de lejos, felices los cuatro había sentenciado Flavio un día que ella quiso contarle a alguien esa tristeza. Su hermano era el único que estaba a mano. Él tenía un vaso de agua en las manos, hacía un calor de todos los diablos, y se quedó allí de espaldas al fregadero esperando su respuesta. Ella encendió un cigarrillo con la colilla desfalleciente, le iba a gritar ¡imbécil! pero una ráfaga de lucidez le hizo entender que no necesariamente iba a ser cierto el refrán, pero la distancia sería un factor determinante en su relación. Además sabía que no podría disponer del lujo de perder las seis horas de viaje ida y vuelta sino hasta las vacaciones de medio año. Flavio tenía un inicio de razón.

¿Qué haría su pescador después de ella? Seguiría robándole pepitas de plata viva al mar. Seguiría escuchando la crónica autobiográfica de ese viejo atragantado de vodka y dieciocho años sin acercarse al mar, sólo en sus historias, sólo en sus sueños nocturnos. Fumaba sin darse cuenta, moviendo una oxidada palanca del vehículo, distraída. Ya no estaba triste, sabía que si se quedaba aquí se le rasgarían las velas del navío de su risa, y por añadidura, iba a estar engañada con una felicidad simplona.

Ella estaba para cosas más grandes, no podía permitirse esperar siempre encerrada en las cuatro paredes de su casa, o poblando de botellas vacías su mesa de La Revu. Con el terror indecible que una vez se quedara esperando para siempre, incluso llegar a morirse esperando y fuera enterrada con una expresión de angustia esperanzada. Como la heroína de tantas canciones, cuentos, leyendas…

Ella estaba para mucho más, no sabía bien qué. Siempre se imaginó desde su primera adolescencia sentada frente al mar, imposible imaginarse otro lugar, con una copa de vino felizmente olvidada, viviendo en pleno paso de huracanes en alguna isla del Caribe. Actriz de milenario renombre, o casi, por lo menos en esa tierra extraña, donde no la habían criado, donde jamás le hubieran dado su primer beso, donde no había conocido cómo manejar la resaca del sexo con amor, donde sí pudo respirar a pulmones llenos sin temor a una reprimenda.

Su padre seguía mordiendo palabrotas con los ojos de ofidio más crueles que nunca. Yáckser se había retirado prudentemente lo más lejos posible del viejo, sin desaparecer del todo, no fuera a pensar mal. ¿Qué haría su pescador? Seguro no tendría oportunidad para añorarla atareado recogiendo las redes henchidas de vida de mar. Uno de los peones se acercó temeroso a pedirle fuego y ella le pasó el encendedor sin darse cuenta. Suspiró otra vez triste para sorprenderse con esa mano morena y callosa que le devolvía el encendedor. ¿Qué opinás de la vida, Van? Vanbasten Sánchez López abrió la boca, miró a todos lados, se majó un pie con el otro para finalmente hacer un esbozo de mueca, sin entender qué le decía. No es nada, sonrió, hoy ando rara. El otro trató de devolverle la sonrisa y se fue con un imaginario rabo entre las piernas donde los otros peones haraganeaban unos minutos después del almuerzo, a que lo interrogaran sobre qué le había dicho esa mamacita sabrosa, la hija del patrón. No supo qué responder.

Volvió su padre y le gruñó que volvieran a la casa, ella obedeció y se montó en el viejo jeep montaraz. Lo encendió y no dijo nada. Cuando regresaron a casa Telémaco Trujillo eructó un ¡jueputas nicas! Ella no quiso pelear esta vez, se bajó del carro y oyó la voz de Lawrence hablando con Flavio. Esperando que no la viera se fue a la hamaca bajo los palos de mango y se cubrió con ella lo más que pudo. Fingió dormir, y a los cinco minutos soñó un sueño que no pudo recordar.

.

Imagen con fines ilustrativos sin relación con el texto, tomada de acá.

Anuncios

4 comentarios en “Candelas para Saray [Parte VIII]

  1. Completamente de acuerdo con micro. Esto es una novela con todas las letras. Cada frase, cada escena bien dibujada, contiene todos los ingredientes necesarios para esperar que la continúes.
    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s