Candelas para Saray [Parte IX]

El Jámes contaba su historia sintiéndose el humano más importante del planeta, a sus pies y mudos, todos los de La Revu lo escuchaban atentos, incluso Boris. De tanto en tanto don Checho asentía, recordando muy bien esa desesperación de treinta días dejados al capricho de la impredecible voluntad de la bestia salada. Saray ladeaba la cabeza, evitando sin realmente querer hacerlo el cariño que Tadeo le hacía en la nuca y que siempre le provocaba cosquillas. Ayer él le había propuesto formalmente y con un pavor comedido, si quiere ser mi novia. Ella rió, rió y rió. No había escuchado una proposición así desde su primer novio, o algo así, en primer año del colegio. Pero no te arrimés a casa… en un buen rato. Papá está hecho un tigre, todavía no se le baja que me venga para La Revu en las noches. A él le pareció un buen trato. No habría sabido ni qué decir, ni cómo actuar en una casa de ricos. Imaginaba que tendrían su propio sol, su propia luna, relucientes y brillantes para no tener que compartirlos con los pobres diablos de los pescadores y sus familias. Te acordás cuando nos conocimos… le susurró ella, por debajo de la narración del Jámes. Nunca le perdonaría la desesperanza momentánea que le había revelado a Boris, como mejor saludo. Y a ella le daba igual, el Ruso de todas formas había mejorado sus arrebatos filosóficos en cada confesión, lo que las hacía muchísimo más interesantes.

-Y fue entonces cuando un barco de chinos o taiwaneses nos recogió…- El bar pronunció una ovación primitiva de triunfo que encubrió el beso que Saray había reservado para ese momento. En público, pero sin testigos. A ella le daba pereza el peso de su propia leyenda, se decía demasiado de ella y no siempre era verdad, estaba harta. Por eso prefería esas demostraciones de cariño cuando pocos le prestaban atención, quería que la vieran como a una más del grupo cada vez más nutrido de chavalas del lugar que habían empezado a acercarse al bar luego que se extendiera como mancha de petróleo la nueva de su aparición en la realidad de esos mineros de altamar. El ruso quiso ayudar a que ese momento de alegría fuera recordable, regaló una ronda completa a todo aquel que lo quisiera. Pero la nueva andanada de vivas, aplausos y rugidos de león humano se desarmó en un silencio gutural. El Gringo acababa de poner un pie, junto a Lawrence y Donnie, sus dos hijos. Algo que no pasaba desde que llegaron a anunciar el veto a su lado de la playa, por ley, de acuerdo a la resolución tal y cual de la Asamblea Legislativa. Boris atendió al míster sin dirigirle palabra, los pescadores se refugiaron todos en sus mesas, formando un muro de espaldas. El Jámes se mordía la lengua, humillado en su momento cúspide de mayor honor, a pesar de no ser la primera vez que contaba el cuento. Se levantó junto con sus compañeros y se largaron maldiciendo a todos en voz baja. El Ruso tuvo compasión y por primera vez en su vida no cobró una cuenta, prometiéndose no volverlo a hacer.

Donnie, el único de los tres que sabía farfullar tres frases seguidas en español, pidió tres escoceses a la presencia pétrea del dueño. Lawrence encaraba socarrón al pescador que le tomaba la mano a Saray. Y el viejo ni se molestaba en ver al ruso gordo y oloroso a vodka que se esforzaba por entender lo que le estaban pidiendo, poniendo todo su empeño en no mandarlos a la mierda en su dialecto de exmarino soviético. Cuando volvió con los tres tragos, todo el mundo, excepto el Gringo, pudo ver que se había enrollado las mangas de su camisa grasosa y sudada dejando ver bien claro el tatuaje borroso pero legible de una hoz, un martillo y una estrella. Aunque el premier Gorbachov con su Perestroika y su Glásnot le agriaba cada vez más los desayunos.

La expectación era exasperante. Todos esperaban que el Gringo revelase el motivo funesto de dignarse a bajar de su Olimpo de cuatro pisos, vista ensimismada a su lado de la costa, con aire acondicionado para burlar definitivamente a la realidad hirviente de un litoral del Pacífico en medio de Capricornio y Cáncer. Media hora y otra ronda. Saray evitaba a toda costa el contacto visual con Lawrence. Una hora y tres rondas. Saray acomodó su asiento de manera que la eterna mirada de nieve de Lawrence se estrellara totalmente en el refugio de su espalda y nuca. Las conversaciones habían cesado casi por completo. El ruso atacaba su vodka con excesiva rabia, sin prestar atención al movimiento de memoria de llenar el vaso, arrojárselo a su garganta, bajarlo a la mesa y vuelta a empezar. Tadeo estaba azorado,  sin saber qué hacer. Saray estaba rígida en su asiento. El resto de los pescadores bebía sin ganas, parecían no prestar atención más que al mundo plano e íntimo de los cuatro costados de sus mesas. Pero que no perdían detalle a los tres paliduchos, a pesar del bronceado, rubios como imitación de oro, y ojos claros en un azul desvaído y sin ganas.

Lawrence chasqueaba la lengua con cada trago, Donnie reclinado hacia atrás, miraba a los súbditos a heredar con la misma atención que se le dispensa a un montón de hojas secas. El viejo apenas si se molestó en levantar el vaso, mirando detenidamente y con asco manifiesto, desconfiando de la higiene, todas las veces que le trajeron su trago. Boris rumiaba una letanía de palabras ininteligibles, los ojos ahogados en el vaso de vodka. Evitando todo contacto con esos tres, pero atento sin que se supiera cómo a cada uno de los pedidos.

Entonces se levantaron, los tres, mudos y el bar calló irremediablemente, preludio de la marejada, aferrados a sillas, mesas, botellas de cerveza… Donnie barrió con la mirada a todos con los ojos, abrió la boca. Abrió la boca, bostezó y no dijo nada. Cuando se fueron, el bar se desbarrancó en un suspiro de alivio.

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Imagen tomada de acá.

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5 comentarios en “Candelas para Saray [Parte IX]

  1. Sé que no lo necesitas pero déjame decirte cuanto ha ido mejorando el texto (en mi opinión) . En la entrada de los gringos se puede oir el silencio forzado y la pesadez de la ira contenida.
    Salut

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