Candelas para Saray [Parte X]

Tadeo sabía lo que significaba esa salida de pesca de mañana. Boris por alguna razón no estaba a su lado con la tradicional confesión, estaba en la barra estorbando a Marlon, el muchacho que contrató para que lo ayudara con el negocio poco después de iniciada su autobiografía. Lo podía ver a través del inusitado bosque de cervezas que había plantado sobre su mesa, con poca ayuda de Saray, más ocupada en desbordar el segundo cenicero que se había robado de la mesa vecina. A pesar de su pesar seguía estando lo suficientemente alerta para acordarse de lo que sucedería en tres semanas. Ya no lo seguiría esperando después de esta vez. Saray tosió con su tos ronca y rasposa y Tadeo atribuyó sus lágrimas a ese acceso.

-Vámonos- ella susurró

Caminaron tomados de la mano bajo una de las noches más hermosas de ese año, pero apenas lo notaron. La luna casi llena iluminaba todo en un falso inicio de aurora débil y melancólica. Ella trató de llevarlo a la playa pero le pidió con un hilo de voz que por favor no. Se sentaron en el potrero descuidado que era la cancha del fútbol de los domingos, la abrazó como si se estuviera ahogando, empezó a besarle el cuello y empezó a narrarle su historia desde el primer momento en que apareció en su vida de seminómada, lo mucho que amó irse y volver e irse y volver… sabiendo siempre que su sonrisa lo iba a esperar siempre. Sabiendo que su cuerpo iba a estar ahí para no preguntarle, sabiendo que ella no le pedía nada, sólo le reclamaba el difícil arte de quererla. Ella lloraba en silencio.

-¿Por qué no te quedás?- hasta él mismo se sorprendió al oírse decir eso. Nunca antes se lo había pedido y ya de por sí sabía la respuesta que prefería que le diera. No debía de haber bebido tanto.

-Bien sabés que no me gusta tejer.

-¿Eehh?

-Jamás tendré un Laertes que me sirva de de excusa para inventar algo con qué entretenerme los veinte años sin falta de cada dos semanas. Me verás envejecer tanto cada vez que volvás… Además temo mucho que lleguen los pretendientes, cuando ya no sepa si alguna vez volverás. Y eso sucede antes de empezar a tejer…

-Yo no me iría a reclamar ninguna Helena. ¡Y vieras lo que cuesta encontrar alguna Circe en este pedazo de Pacífico!- rió él, sin tener realmente ganas de hacerlo.

-Me volvería loca si en mí recayera la responsabilidad de la tejedora-. Él hacía poco había terminado de leer La Odisea, regalo de Saray. Ambos se enamoraron del argumento. Hasta ahora comprendían por qué.

-Mirá, Saray, la verdad es que no tengo derecho a decirte nada. Vos te tenés que largar de aquí. Tenés que escapar de este hueco, yo sé que nunca lo voy a poder hacer porque no tengo la plata o los sueños o… o los huevos para intentar algo así -confesó con la voz a media asta-.

Saray lo miró asombrada, pero también sintió que un gran peso recaía sobre ella.

-No puedo vivir las esperanzas de dos, con costos puedo mantener las mías.

-Yo no te estaba pidiendo nada semejante, creo que me disculpaba por haber sido egoísta. Lo que yo quiero es eso, que corrás a toda prisa vos que podés hacerlo. ¿Sabés cuántos de los que vivimos aquí podemos hacerlo? Tal vez sólo Flavio, si no dijeras que fuese tan vago. Ni mis hijos podrían, tal vez mis nietos.- Sonrió al imaginarse viejo y sonriente cuando alguien le avisara que el primero de los hijos de sus hijos huía de esa amodorrada cárcel sin nombre. Se levantó.- Disculpáme, tengo que mear.

-¿Serás feliz?

-Eso, corazón, no te lo puedo asegurar ahora. Pero no te pongás triste, todavía tenemos esta noche y toda esta plaza para nosotros.

Empezaba a clarear.

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8 comentarios en “Candelas para Saray [Parte X]

  1. y aunque el relato ya se hace largo, no deja de volverse interezante, no he debido comentar cada parte por que no hace falta, ahora vengo a decirte que sigo aquí, esperando más.

    • Creo que en algún momento a todos nos ha pasado algo así, que se destruya el momento mágico con alguna tontera -o lo hemos echo… –

      Y luego, en retrospectiva, solo queda darse un golpe en la cabeza y reír con ganas

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