Los deseos de Luis Antonio

La oye pajarear en la cocina, feliz ante la faena de ese almuerzo de sábado mientras dormita sus decisiones en el sillón. Vaso de agua con hielo, un calor de infierno. Ha barrido y limpiado el apartamento a conciencia y disfruta al fin de su descanso sin preocuparse de otra cosa que no fuera hacer nada.

Deja desarmarse lentamente resbalando gustoso a un sueñito cómodo con el arrullo de la bella voz que ella se empeñó en desperdiciar. Qué lástima, le habría ido bien cantando. Qué lastima, pero no lo lamenta, alguna vez le comentó para su sorpresa. Pero mi condición de elefante… Hace un estrépito de cacerolas y vegetales cortados. En ese momento quiso levantarse y darle un abrazo monumental, un beso de otros tiempos, decirle qué tanto la amaba con el aderezo de alguna tontería cursi. Pero no está en él, ambos lo saben, ella tampoco lo pide y él se lo agradece infinitamente. Satisfecha con su hosquedad y sus regalos de celebración de ninguna fecha especial, los únicos que invariablemente son obligatorios son cumpleaños y aniversario. Odian a muerte el catorce de febrero y navidad, un insulto los consideran. En diciembre no escamotean las visitas familiares, ambos provienen de familias extensas, que necesariamente reclaman su presencia a través de múltiples voces, compromisos ineludibles, intromisiones a veces descaradas, donde hasta el más pequeño termina enterado de algún secreto secretísimo. A veces su soledad compartida los aterra. Son las noches de mejor sexo.

…que ha vivido sin amor y que no olvida, ella allá, pajareando feliz y él con la extrañeza de sentirse feliz. Con la próxima quincena arriesgaría su presupuesto invitándola a un restaurante caro y con vino. Como no lo hizo antes de vivir juntos y con bolsillos más precarios. Al fin podría decir que le estaba empezando a ir bien, que logró torcerle el cuello a su crónica de desengaños. Al desastre natural de sus relaciones malas y sus empleos peores. De ambas cosas tiene una colección desquiciante. Pero no le importa …hace que me avergüence un poco… al fin ¡al fin! Tanto tiempo buscando, tantas hambres, tantos… todo… Se derrite escuchando su voz suave y concreta, cruda un poco, una voz extraña, poco común para lo que la gente está acostumbrada y por eso exótica. Habría tenido éxito, mucho éxito. Y una sombra de no sé qué le hizo guiños entre alguna de sus costillas.

La oye cantar, disfrutando más del sonido de su voz que de lo que canta. La extrañeza ante la felicidad, hay que admitirlo. Está el asunto que el dinero no alcance para tenerla como la reina que es, ¡lo que diera por darle una casa propia! Un carrito decente, vacaciones en alguna playa aunque sea acampando. Tal vez alguna joya de verdad y no el mar de bisutería que invade el tercer cajón de su veladora. …de mi propia ternura

.

-¡Puta! Así soy yo- aplastado en el sillón, tan cómodo, tan inusitado.

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Canción Motivos del Elefante [el wordpress no quiso pegar el objeto, no sé por qué]

Imagen tomada de acá.

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10 comentarios en “Los deseos de Luis Antonio

  1. Hermoso texto de la evocación de los deseos materiales que la sociedad dicta para el amor, aveces solo hace falta comerse un helado en un parqueo, compartir un taco de 500, las otras cosas sonb accesorias y no deberían aplastarnos.

    Excelente texto.

    Deshora.

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