Para evitar la nostalgia, Margarita

Todos con la sorpresa y el deseo deformándoles el rostro, algunos mal disimulando mientras no falta quién se prepare para el asalto depredatorio. El taxi ya se fue, luego de una inspección sistemática y final a sus piernas de hembra en carne viva. Imposible escapar, tal vez ya no era buena idea haber venido. Busca sin prestar atención a las miradas que le lamen la piel, a través de las películas porno donde ella es la protagonista principal. Indiferente se zambulle a la vorágine de monstruos, villanos, bestias, superhéroes. Indiferente.

Allá una bruja, una versión femenina de Alex DeLarge y algo así como una japonesa estudiante de escuela. Casi fue llegar a casa. Irrumpe la sexy enfermera con guantes e hipodérmica en mano y las sonrisas de bienvenida, algo dicen y ninguna se entiende, sonrisas, apenas se escucha nada en el revoltijo de la música estruendosa y que no le gusta. Sonríe y es casi una tortura, deja de hacerlo, los músculos cansados. Pero, ¡es que hace tanto! Al fin juntas luego que la bruja tuviera un chiquito y se desapareciera del tiempo y el espacio, tal como hizo ella, como hicieron todas.

Le dijeron fiesta y no sea abuela, venga, ni le pida permiso. Allá donde siempre. Lléguese, no sea rogada. Hasta yo voy a ir, la bruja había lanzado una maldición contra el remedo de prícipe azul que es el padre de la criatura: ni se le ocurra llegar tarde o salir o si no… Le dijeron es a las nueve, pero fijo no se va poner bueno hasta las diez y media. Acuérdese del año pasado. Bien que lo recordaba, él había ido con ella, las había conocido y les había caído bien a todas. Un éxito. Este año confesó que le parecen tontas esas fiestas, que le mandara saludes a las amigas y que prefería quedarse en casa. La oferta de películas de horror lo entretendría. Vaya, vaya y diviértase; qué pereza llegar sola aunque fuera una noche de chicas, aunque ella era la única que había roto el pacto desde el dos mil dos, de no llevar ningún hombre.

En una esquina dotadas de piñas coladas de dudosa confección, ron barato en exceso. Diay, zorra, qué esperaba por ese precio? La japonesita le guiña un ojo mitad cariño, un cuarto por culpa del humo del cigarrillo y otro cuarto al vampiro emo que se detuvo a mirarlas descarado. Quizá sorprendido de lo ricas que están, alguna pensó desplegando todas sus señales de no quiero, pero sí. Será que nos vemos ridículas en medio de tanta lonchera, otra con su actual paranoia a los cumpleaños.

Mira a su alrededor, qué pocos veteranos quedan y es que se volvió el lugar de moda, cada regreso es vez más y más extraño. Ya no está Tucón, el malencarado y entrañable tipo que atendía y que también era el saca-borrachos oficial. Dicen que ahora está en Cartago, Alex DeLarge parece recordar. El resto no sabe. Se siente ajena en el que fue su segundo hogar hasta hace muy poco, justo cuando se dio de baja a proseguir con sus años salvajes.

El chiquito, ¿cómo se llamaba? La japonesita hace un peligroso recordatorio de la realidad que la bruja finje no escuchar, todas finjen lo mismo. Escapadas de sus horarios y oficinas, parejas o desperfectos. Hoy es excepción, hoy es quienes deberían haber sido, pero las máscaras para la lidia cotidiana se encarnaron muy bien. Y es que la verdad hoy no está para decir más que las verdades necesarias. Jugan a repartirse los tipos guapos, como antes, a puntuar ¡ocho! Ese de allá, ¿el zombi? No, el vaquero. Sia tonto, de veras que le gustan los feos, ese mae si acaso llega a tres. La bruja calla, a la japonesita le brillan los ojos, Alex DeLarge sigue en actitud depredatoria y es que es la única soltera. A mucha honra, diría pero ninguna lo cree; ¡miren al Zorro! ¡Qué bárbaro! Un nueve, ocho y medio, nueve y medio… No sé, me cayó mal, ella lo mira detenidamente sin saber porqué le desgrada, algo en su actitud de ligador profesional, tal vez la forma posesiva en que le habla a la desprevenida hadita casi adolescente. Terminará en su cama y mañana fijo que no la recuerda. Usté está loca, si está hecho un rico. Tal vez…

Deciden largarse, las defraudaron los tragos malos y la falta notoria de los habituales. Caminan algo aturdidas cruzando la colección de espantos, ese cataclismo de bestias y de versiones distintas e iguales de fantasías porno, las bibliotecarias, las policías, otras enfermeras, múltiples Lolitas. Entran y el lugar está menos concurrido que los otros. Aquí también hay disfraces, pero no requieren trajes especiales. Saludan al sabio Ho y él, con su memoria oriental, todavía las recuerda. Mucho no venil a visita. En la barra, como los machos, los mero, mero. Caen las mismas cervezas de hace mucho. Alex DeLarge es la primera que se atreve a agarrar la suya por el cuello. ¡A la mierda la dieta!

Llega Julito, quién sabe de dónde viene, está ebrio y feliz. Se detiene, se regala un momento para observar los traseros de todas, enciende un cigarro y ellas se dejan ver; siempre las trató bien y es inofensivo. Si no tuviera esa afición suicida por las borracheras, ellas habrían considerado tener algo con él más allá de aquellos besos de los primeros años. Julito el peor-es-nada para las noches sin carne, rica la carne, o los meses de vacas flacas. ¡Mi amor! ¿Cómo está? Alguna le pasó una cerveza, otra le dio un abrazo, la otra se entretuvo despeinándolo. Ella lo mira con la misma tristeza intacta de la primera vez, ambos estrenando la cédula y recién llegados de sus pueblos lejanos y pobres. Ella del norte, él de El Puerto. ¡Me van a publicar otro libro! Borbotea entre sorbo y sorbo. Felicitaciones, abrazos, besos en la mejilla y eso que ninguna sabía que ya había publicado antes. Alguna le ofrece otra cerveza que acepta con reverencia. El chino Ho lo mira con algo de pena. ¿Y de qué trata? De mujeres, ¿de qué otra cosa vale la pena escribir? De cuatro mujeres lindas y buenas que no han tenido suerte. Nos está chingando. No. Silencio breve mientras Ho trae más cervezas y la japonesita se acomoda la microfalda. ¿Hay un final feliz? Pues sí hay un final, no de cuento, pero al menos con mejor suerte, como la vida. Ella lo mira revolviéndose en el banco, ay Julito, debiste hacernos más justicia.

Este es el lugar de los malditos, ellas lo habían decidido así en sus primeras batallas juntas. Allí reponían fuerzas luego de una noche grave. Madriguera de poetas y escritores, cineastas con ínfulas de Fellini, no todos buenos, no todos malos. Muy pocos brillantes y necesariamente olvidados aún en vida. Lugar peligroso, incluso el más mediocre sabía decir las palabras bonitas que querían escuchar, casi en el momento exacto, casi con la intensidad requerida. Hoy apenas había nadie. Una mesa por allá con tres ausencias y caras de mal dormir, de los pocos titulares. Hablan de poesía, de lo difícil que es encontrar gente buena, ahora cualquiera escribe cualquier cochinada y es un héroe. Julito fue a saludar. Lo vieron desarmarse de camino, sintieron ganas de irse. Pagaron y dejaron pagas otras tres rondas más para Julito. Ho no dice nada, lo asume como un abono a la cuenta altísima que ayer no le pagó.

De nuevo las bestias y los espantajos. Ningún carro podía pasar ya por la calle, parece una caravana de fin del mundo, pero estaba estática tal vez tomando aire, tal vez indecisa de qué hacer. Monstruos tirados por cualquier parte recibían los primeros auxilios que todo borracho amerita, ¡vamos! ¡levántese! Dénle aire. Aquí traje café. Los paramédicos de ocasión con las miradas perdidas y la voz desconchada. Un poco menos ebrios. El olor a mota por todo lado ya es imperceptible. ¡Enfermera! Venga y examíneme ésta. Uy la chinita, la de colitas, ¡miamorsh, venga pa’ querela! Oiga, bruja, ¿no quiere hacer magia con esta varota? Alex DeLarge se hizo la loca ante la decepción que no hubiera ningún piropo homicida para ella. Compraron cervezas por ahí y al caño, sentadas a hablar de novios, parejas, encuentros casuales. Mandaron a la mierda a jefes y colegas, a sus terrores nocturnos por el despido, a esta vara de que no tengamos tiempo ni para un café. Pasaron a ¿verdad que estoy gorda? No sé qué me pasa; me siento vieja; yo sola. Alguna se ahogó en un llantito fácil y a gritos y mocos al tiempo que cantaba el Himno, sí el Nacional, sorprendió que no faltara quién le hiciera coro. Y luego reír, como tontas por la estupidez. Entonces ya no recuerda más.

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-Jueputa fiestón se pegó anoche- ahora Luis Antonio es el enfermero y se muere de risa.

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Imagen tomada de acá.

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6 comentarios en “Para evitar la nostalgia, Margarita

  1. Leyendo he pasado de Lost in translation a La naranja mecánica actualizando American graffiti con la versión masuclina de Superbad.
    Es lo que tiene leer buenos textos que te remiten a grandes libros o grandes películas. Y lo más probable es que ni tan siquiera el autor haya querido hablar de ellos.
    Salut

  2. Me encanta tu verborrea. Las metáforas, los símiles, para explicar historias con fundamento. Disfruto muchísimo con ellas.
    Un abrazote, Adrián.

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