En agosto pasado, Luis Antonio

Llegó con la época de lluvia clavada hasta en su ropa interior. El silencio atragantado de aguacero lo recibió. Es en esos momentos que le hace falta un perro, siente con un dolorcito de vidrios molidos, pero pronto olvida la urgencia de repartir el cariño que cada vez se le va pudriendo más y que deja junto a sus zapatos formales tras el refrigerador. Espera que para mañana ya no estén mojados, no tiene otro par pero sí tiene otra reunión importante. Corre dejando pasos húmedos a desnudarse y a cubrirse con una nueva piel de ropa seca y ahora hasta podría creer en dios, agradeciendo por un par de medias para sus pies de pozo. En la cocina se abraza a la ciencia con una pastilla para prevenir el resfrío y ya no se acuerda de nada más aquí en la sala, mientras duerme un rato con felicidad de humano cualquiera. Es la cuarta vez que el aguacero se lo come vivo en esa semana.

Sobre su sillón y bajo un par de cobijas finje ver la tele. Piensa en ella con piedad desde que encendió el aparato y descubrió que su sombrilla no la quiso acompañar hoy. Aunque le parece imposible, ahora llueve con más ímpetus que nunca. Debe tener agua hasta en el corazón, se estremece.

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-Gracias- los ojos se le humedecen a Margarita cuando la recibe con un paño, ropa seca y el apartamento que palpita con el olor a té recién hecho.

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Imagen tomada de acá.

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