Para encontrarte…

Llegó con los ojos asombrados. Llegó con un huracán de sol que revoloteaba a través de las ventanas, todavía sin las cortinas que dijo que pondría desde la primera vez que vio esa disposición tan indiscreta. Lo había resuelto temporalmente con una sábana fea que no usaba y así se había quedado por tres años, imperturbable a las pretenciones de cambio de otras compañías. Llegó y aún lo podía ver. Hizo un par de llamadas perdidas, pero la soledad de un viernes de pago sin trabajo es absolutamente posesiva. Salió con la buena disposición de malgastar lo poco que le queda en el bolsillo.

Una cerveza y el karaoke de fondo. La barra salvaje y esta tristeza, y este susto. Aún lo podía ver, sobre el asfalto y el charco de sangre que se extendía señalando, acusando tal vez a quien mirara. Los policías y los curiosos todos viendo, todos sin asco, sorprendidos de presenciar de primera mano lo que ven todos los días por la tele. Le extrañó que aún no hubieran llegado los periodistas o la Cruz Roja o que al menos alguien no cubriera por caridad al pobre tipo. Pero iba rápido y no podía detenerse, ni siquiera a pensar. Llegó a la oficina todavía viéndolo, en la sonrisa técnica de la secretaria, en el tiempo de espera leyendo alguna de las revistas para desvalijar la ansiedad que había por allí. En el camino de sangre que decoraba los labios de la ejecutiva que pasó dos veces, la primera por obligación y la segunda por curiosidad y no supo interpretar el gesto.

Alguien se dedica a destazar una buena canción, mientras se pregunta qué sentido tiene este darse de cabezazos contra la pared, este tocar puertas, ir y venir. Recordaba cada viaje en bus, en taxi o a pie, cada oficina, cada secretaria… Algunas amables en serio, otras, profesionalmente amenas y todas se desentendieron apenas cruzó la puerta hacia el patíbulo de la entrevista. Luego de esos encuentros fue igual que quedarse con falta de amor. El de hoy tuvo el color oscuro de vida muerta, la acusación de sangre plantado en la cara de ese futuro empleador. No tenía en claro qué le preguntaron, cómo le fue, si efectivamente tenía posibilidades, solo recordaba las caras de los curiosos, la policía haciendo sus diligencias con aburrimiento. El hombre muerto parecía tan solo y si fue bueno o malo no importaba, tirado en el asfalto en una post muerte pornográfica resistiendo la metralla de múltiples miradas. Quizá ya no era un hombre, tal vez solo un objeto, un chunche exótico y ajeno al continuo ir y venir de esa acera frente a un restaurante de comida rápida en donde es común que pase tanta gente y que nadie sea recordado.

Otra cerveza sola y nadie con la gentileza de devolver sus llamadas, mientras se mata con cálculos presupuestarios para no oír a esos asesinos en serie. Porque hay gente que debería tener una orden de restricción, imposibilitados de acercarse a menos de cien metros de un micrófono. Bebe a sorbitos tristes, además no tiene ganas de regresar todavía, mira sin especial interés a través del espejo tras la barra, se ha afanado tanto en no dejarse notar que alguien casi se le sienta encima, la expresión dura y un fuego que no podía preveerse en una persona que tiene cerca de dos horas de apenas parecer viva espantan al tipo. Éste, como todos los desconocidos de ese día, podría parecerse al muerto pero no le vio la cara y eso le tranquiliza.

Es su turno, el bartender se molesta en avisarle esperando quizá que se fuera luego y el espacio fuera ocupado por alguien que consumiera más. O quizá es política del lugar avisarle a los clientes. Le encarga sus pocas cosas con cierta desconfianza y se muestra con la botella en la mano, aún patente la paranoia materna, nunca deje una bebida sola porque después le hechan algo…

Con el conocimiento de otra vida hizo un par de pruebas con el micrófono, un estado lamentable pero las muchas horas de práctica le habían enseñado a domar esos aparatos. Al fin sintió que podría hacerlo, “Que no somos iguales, dice la gente que tu vida y mi vida se van a perder…”. Al principio, lo que siempre pasa, apenas unos pocos ponen verdadera atención, la mayoría canta por su cuenta arrebatando la gloria al improvisado ídolo o propina una bofetada de indiferencia. Pero pronto empezaron a callar maravillados, era cruda como la vida, descarnada como el desamparo. Suave y concreta como estrellarse de cara contra la cama. Una voz extraña, casi extinta. En todos veía al hombre muerto y nunca antes un terror igual le había acuchillado sin misericordia.

Baja en silencio, todo era silencio, sus pasos retumbaron con estruendo de realidad y nota que la música de fondo esta vez no se escucha, ésa que colocan entre canción y canción para hacer tiempo. Parece que todos están suspendidos en el segundo anterior, apenas están terminando de escuchar, “…nomás nuestro amor”. Al fin comprenden que no hay nadie en el escenario que se ha marchado y ya está a punto de sentarse en la barra donde nadie notó que estuviera. El aplauso es frenético, enloquecido, una erupción inesperada que le aturde un poco, que le sonroja bastante. Solo se decepciona un poco que nadie notara el largo, larguísimo trago con el que vació lo que quedaba en la botella. Pide sus cosas de vuelta, paga y justo cuando se decide a marcharse bajo las salvas de cañón de la algarabía de todos, un hombre con expresión de reverencia, no muy alto, huesudo, le dice en silencio hola, ¡qué voz! Silencio y siente su corazón que se desboca, sus pupilas que se dilatan, una parte de su cuerpo que no logra precisar tiembla. ¡Gracias! Y una sonrisa que le salió de lo más profundo, algo parecido a un manantial de agua fresca, todo en silencio. Luis Antonio, mucho gusto. Silencio.

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-Margarita, pero no soy como la del poema- ha olvidado para siempre al hombre muerto.

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Imagen de Pascal Renoux

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6 comentarios en “Para encontrarte…

  1. “llegó con un huracán de sol”. Sólo por este principio hay que leer el texto, como una orden sin obligación pero con deber y así encontrar como premio una “salva de cañón de algarabia”
    Me ha parecido distinto el relato, un poco más esperanzado quizás aunque con las precisas imágenes que necesita un buen texto.
    Salut

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