Se debe bailar suavecito

Para N. con cariño y un color cafecito

Nuestra relación estaba llena de boleros, dijo y sus ojos grandes eran dos faros de una luz que apagó todas las otras luces. El último sábado, ¿sabés?, era el último sábado y aunque podría haber sido funerario, todo era fiesta, como deberían ser los finales, como debería ser todo siempre.

Si tu me dices ven…

La orquesta allá regalándose lo mejor, la gente bailando y ella que sabía que este cierre era el adiós a una historia, su mejor historia, de esas que merecen ser escritas, de esas que espero algún día ella escriba. Sabés, fueron treinta y cinco años, de pasos de baile, de besos caricias, de caricias besos, milagros y tristezas. Un pequeño universo, de los pocos que quedan, de los que apenas sobreviven a duras penas. En este presente digital es una vuelta exótica al pasado los instrumentos, pasos preestablecidos para las nuevas generaciones más a gusto con una individualidad sin a la atadura de la coordinación y sus virtuosidades, de llevar y dejarse llevar, de movimientos cuya práctica requiere, horas, horas… esfuerzo, sudor, envidia y la admiración, que terminan en sueños, besos, recuerdos.

Se acaba, ¿sabés?, se acabó uno de los últimos salones de baile con orquesta en vivo, todo un elenco de trompetas, trombones, timbales, teclado, cantantes con su coreografía cuando no hay letra y sus correctos trajes, corbatas, elegancia venida de la memoria. Esta marea de gente disfrutando, y es que aquí hay expertos, expertas de esos que ganan concursos nacionales y más allá y expertos, expertas que ganan alegría, desetrés, historias al ritmo de salsa, merenge, cumbia… ¡bolero! De esos que lo dicen todo, que saben decirlo todo.

Espera, aún la nave del olvido no ha partido…

Entre canción y canción las parejas dejan la pista en un rumor de marea baja, descansan segundos con tragos largos de algo bien frío bajo ese techo de palma y varillas de cañas. La certeza sobrevuela, este es el último sábado y gracias por venir y estar y haber venido y qué lástima que yo solo haya llegado para conocer su final, saborear tan tarde la maravilla de esos cuerpos que podrían ganar un nobel a fuerza de contar belleza, de inventar las maravillas que ningún domador de palabras podrá contar.

Ella observa y yo también, piensa y recuerda y está en esas mientras que yo me inquieto con mis ojos rapaces, procurando no dejar nada para el olvido. Ella, que no habla mucho, no soy buena hablando, cruzada de piernas esperando quién sabe qué milagro de la providencia.

Los viejitos, hay que verlos bailar, ellos aprendieron en lugares como éste, para ellos es parte de su ser.. Ellos sí la sienten, es la música de su época, de su juventud. ¡Es con las que enamoraron y se enamoraron! Respondo con admiración y envidia. Recuerdos miles, recuerdos. No tuvieron que aprender como nosotros en academias a narrar sueños, tristezas, deseos, anhelos con sus giros y sus vueltas. Un hombre mayor, su buena panza de descuido confirma aferrado a una mujer en igual condición que sabe sentir, que sabe lo que es jugarse la vida en la ruleta rusa de esa pista bendita por millones de pasos, de filigranas, de quiebres y requiebros y de corazones. Allá un sesentón con su guayabera blanca, su sombrero pequeño y de palma, ese paso de saberse emperador de ese momento, cruza el lugar saludando con una alegría y dignidad incontenibles mientras se acerca a su silla. Los más viejitos bailan del otro lado, que lástima que no los puede ver, ése es su lugar, donde se reúnen. Guía en esta tierra nueva en el filo de la clausura, mirá vos las formas en que podés encontrar quién te enseñe algo nuevo, que te abra los ojos, una especie de conejo blanco pero morena y ojos grandes tan grandes como el lugar. Ella que también sabe jugárselo todo allá en la pista y yo que le creo y sonrío.

Es la historia de un amor como no habrá otro igual, que me hizo comprender todo el bien, todo el mal…

¿Mejor? Se fue a bailar y vuelve. Me hace feliz, de su mirada redonda de nuevo esa luz de gloria y esa sonrisa como para alegrarse siempre.

¿Usted qué baila? ¿Yo…? Todo lo bailo igual, sintiendo que los músculos de la espalda se convertían en un enredo, recordándome lo que le dije en el taxi, yo soy un pésimo estereotipo de latinoamericano… Digamos que salsa. Venga, bailemos, a mí se me escapó que Dios me guarde. Qué más decir que me hice prometer que tengo la deuda de honor de aprender, de saber conjurar historias con los pies. Y ella, si quiere yo le enseño…, un breve silencio de la orquesta, ruidos de gente, ¡Claro!

Es que el bolero tiene algo, algo que hace como querer abrazar a la pareja, algo como para no dejarla ir, porque al momento de soltarla es como morirse. Yo siento que es por eso que el bolero se debe bailar suavecito y pegadito. Dice con sus ojos grandes y su mirada redonda y yo que siempre he sentido lo mismo aunque nunca me haya salido bien. Tiene como un color café, no sé de dónde pero quizá sea de las trompetas, de los trombones, le digo, el bolero es como café y la salsa roja, anaranjada y la cumbia como amarillita. Sin poder sacarme la maravilla de unos besos a la candencia de arrullo.

En las mesas los espectadores nos admiramos con envidia y sorpresa múltiples donde otros, esos de la pista, ella, gastan sus energías sobretodo hoy que es despedida. Una vez más un hombre viejo, seco y que mira con un orgullo dulce y supremo hacia esa marejada que se encrespa, se agita, pulsante. Toma el micrófono para recordarle a todos que hoy es el último sábado. ¿Qué hará con su traje gris, su camisa roja, su posición sagrada de anunciador, jefe de ceremonias? Los años, las historias, las caras y besos y despechos que habrá visto. ¿Cuál podrá ser la verdadera dimensión de su dolor, sabiendo que esto se acaba que mañana es la última noche, que ya… ya no más? Un aplauso y otro para los saloneros y saloneras que han estado aquí desde hace tanto tiempo. Ataviados con saco y pantalón negros, camisa blanca, elegantes y adustos cruzan de aquí a allá con cierto silencio dramático, cierto fatalismo que apenas se descubre. Ella sin decirlo y diciéndolo, es un cierre. Guía y narradora de los secretos de este pequeño mundo, gigantesco mundo de fines de semana y sus peregrinos que buscan el consuelo de otro cuerpo que sepa leer música, la absolución por semanas laborales agotadoras, el pecado de las preocupaciones cotidianas. Hoy con un poquito de susto de encontrarse cara a cara con aquel rostro. Mira a todos lados, preocupación, no sabe cómo podrá reaccionar, qué hará, está tensa, fija de vez en cuando los ojos en las alturas, hacia la orquesta. Una seriedad que podría ser nostalgia que podría ser cerrar una vez más, cerrar, cerrar y dejarse los dedos en el último portazo, todas las veces que se ha decidido pasar la llave y ya está cansada que suceda.

…pero el negro de tus ojos que no muera…

Luz amarilla que encubre todo con ese tinte de cosa vieja, de algo a mitad de camino entre vigilia y dormir. Cuando llegamos una cantidad inusitada de gente, siempre se pone mejor a partir de las once o doce, explica con la certeza de saber, con la sorpresa de este cambio en la rutina. El primer signo de que esto va para el final, de verdad se acaba, era cierta la noticia en el periódico. Ella que dijo llegaba el fin de semana y yo me ponía a pensar que si iba lo encontraría y no, no quería econtrarlo. No volvió en mucho tiempo. Luego pensé que no podía alejarme de algo que me gusta, solo por él. Entonces decidió regresar, vivir la inyección de felicidad intravenosa mientras doma al universo con sus dos pies, sus piernas, sus caderas, cintura, tórax, brazos, hombros, cuello, cabeza, toda ella. Dijo que empezó a bailar ya vieja, que era la única de la familia que no se movía y yo, viéndola luego de haberla visto, apenas me lo podía creer. Su familia debe volar, usted es muy buena. Sonrió.

No se preocupe, sienta la música, déjese llevar y yo con esta natural condición al exceso que huye cobarde al primer indicio de baile, me dejé ir… dentro de mis posibilidades de desorden y destiempo hasta para caminar. Pero usted no es tan malo, podría aprender fácil, se deja guiar, se suelta. Solo es práctica me dice, me digo y ella que está feliz y yo con esta penita de que me diga la pierna derecha para atrás, ahora la izquierda adelante. Déjese, disfrute la música y yo claro que lo disfruto pero cómo decirle que me siento un poquito inútil y qué pena y se me hacen varios nudos en la cabeza y mejor no digo nada porque me voy a trabar más. Nada más le falta coordinar. Me río, me pongo serio, vuelvo a reír, sonrío.

Nosotros que nos quisimos tanto…

Observando, sí, observando al otro señor que, aferrado a su pareja y con el estorbo de su panza generosa se olvida de todo desgajando concienzudo la belleza de una historia de muchos bailes anteriores con ella y de cuánto puede quererla, de cómo se conocen, se conocieron mientras pienso ahora que recuerdo, cuántas vueltas fallé, con un sonrisilla tonta. Para resarcirme le prometo un cuento, yo salgo ganando dice y yo, sin creer que realmente fuera así, asiento.

Recordaba seguro los besos lentos, la sensualidad lenta sin prisa. Llena de boleros, está llena de boleros nuestra relación. Esa maravilla que invita a abrazar, a arrancarse el corazón a pedacitos. Lo amé como nunca antes a otro, que también los he querido pero nunca como a éste. Dichosa, le dije, quién sabe cuántos podemos jactarnos de lo mismo en estos tiempos de barbarie, y me permito, es que su relación era un bolero y como todos termina, porque todos traen una nostalgita, una tristecita.

Pero sí te diré que yo me enamoré de esos tus lindos ojos y tus labios rojos que no olvidaré.

El tiempo, ¿sabés?, el tiempo ni siquiera existe, existía allí. Solo cuando cada canción se encontraba con un mar cada vez más vacío de parejas se descubre que es tarde, tardísimo, pero es que allí, el reloj es recuerdillo malo, es si acaso un poquito de sueño o el cansancio natural de no parar desde que se llega. Solo es posible creer que se han estado horas, horas, horas horas, por el recuento de canciones, el desgaste de los bríos y siempre hay un espacio para una piecita más, otra más.

Vámonos y esos ojos grandes, esa mirada redonda. Tranquila, cuando usted quiera… ¿Qué importa el tiempo? Ya no importaba nada, nadita observar, conocer, saborear a manos llenas cómo podía ser este mundo nuevo, en la noche penúltima de su existencia, sino que ella lo disfrutara. Vámonos, insiste. Ok.

Mire la luna es una uñita. Sí, la luna. Un pedacito de luna… Me envalentono, así podría terminar el cuento.

Alajuela centro

2 de noviembre 2010

.

Imagen tomada de acá

Anuncios

6 comentarios en “Se debe bailar suavecito

  1. Que hermosa evocación, lástima que haya momentos que tengan que desaparecer. Y lo que es peor, que no sean sustituidos por otros iguales al menos.
    Leer el texto a ritmo de bolero ha sido una hermosa experiencia.
    Yo no sé bailar más que “dos, tres, chachachá” y envidio los que sin necesidad de escuelas ni academias son capaces de dejarse mecer por el ritmo.
    Supongo que los ritmos no tendrán secretos para tus pies los recite 😆
    Salut

    • El lugar se llamaba El Tobogán. Y cerró el 30 de octubre que acaba de pasar. Lo que da un poquito de chicha, es que a lo mejor construyen cualquier singraciada (llámelo un mall, un hotel para turistas…)

      Micro, pues bailás más, mucho más que yo. “Soy un pésimo estereotipo de latinoamericano…” 😛

      Pura vida

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s