Una vez en Colombia

No soy futbolero, es cierto y la verdad es que tengo otras preocupaciones mucho más grandes y más graves que las peripecias o desventuras de once tipos detrás de una bola. Pero luego de varias lecturas, varios libros y cuentos, además de la influencia aún latente de esa olvidable Suráfrica 2010 de fútbol aburrido y sin ganas, sin pasión, casi sin goles [que el gol es el orgasmo del fútbol, bien lo dijo Galeano (1)], exceptuando esa epopeya que fue este Uruguay surgido de las sombras de los tiempos cuya leyenda de campeón mundial más bien parece mito. Además hay que confesar que el recién logrado Campeonato del equipo de mi ciudad y que es lo más cercano a eso que se puede llamar del equipo de mis amores no sólo me dejó una gripe cósmica, también con ganas de escribir algún cuento de fútbol.

Rebusco en mis logros personales: mejenguero de clases y tardes libres de eterna posición defensa o una mezcla entre defensa y portero, porque eso sí, nunca fui un buen defensa entero y siempre un pésimo portero del todo. Grandote, torpe y lento; no voy a mentir sobre mis capacidades deportivas y la verdad es que no tendría cara si alguien de los que me conoce detrás de un balón me llega a leer. Las posibilidades son pocas, es cierto, pero no por eso puedo tomarme la licencia poética de endulzar un poquito mis hazañas futbolísticas. Eso sí, el último año del cole no hubo quién lograra arrebatarme el título de autogoleador ya fuera en las clases de educación física, ya fuera cuando nos reuníamos a jugar en lugar de estar estudiando para los exámenes de bachillerato… vayan ustedes a saber si eso es digno de hinchar el pecho, pero al menos estoy seguro que aunque un amigo hizo uno de los autogoles más memorables de los que haya escuchado, nadie logró la gran cantidad de chascos tan seguidos y constantes como un servidor.

Sigo buscando y no, nadie se enamoró de mí por audacia ante el equipo rival o junto a los compañeros. Nadie quedó prendido de mis gambetas oxidadas ni de mi exigua cuenta de goles [¡que sí metí, carajo!]. Cambio levemente de deporte y me recuerdo el fiasco de la selección de basquet y mejor olvidémonos de eso, que ya bastante por el suelo me he puesto yo solito con esta tontería de buscarle algún lado heroico a la ineptitud de anotar en propia meta, justamente cuando era el último hombre en tocar la pelota. Vaya y pase. Pero comprendan que yo vengo de un colegio del cual, cosa rara, ese deporte gringo era en lo único que se sacaba la cara y era necesario al menos una mención consolatoria. Nadie me elogió por una jugada que pareciera sacada de la manga con una genialidad digna del Diego de la gente, o de O Rei, o de Zidane, o de San Gordo Ronaldo, del extraterrestre Ronaldinho, del fugacísimo Rivaldo, del malcriado y brillante Romario, del Caniggia milagroso, del ‘Pibe’ Valderrama por la exquisitez de sus jugadas y al que le envidiaré per secula seculorum su imponente montaña de cabello rubio teñido. Tampoco he sido ni soy guapo como Del Piero o Cannavaro o todos esos italianos que tienen la diabólica facultad de andar arrancando suspiros, rubores y alguna otra cosa a más de una.

Pues bien, tampoco soy de los que enloquece con la selección, pero sí soy de los que va a verla en compañía de amigos porque ni tonto que fuera, quedarme en la casa cuando todo el mundo anda con ánimo festivo o jugar de intelectual despreciando a rajatabla cualquier manifestación relacionada. Si más bien cuando iba al estadio, allá en los tiempos de la mula herrada, lo que más me gustaba era ver a la gente, sus reacciones, escuchar los cánticos de guerra de las barras, los gestos de extremo dolor o de desesperación, ver cómo un par o un montón de desconocidos terminan hechos un abrazo colectivo y promiscuo porque el equipo metió un gol, porque empató justo cuando eso era la único que se necesitaba luego de ir perdiendo todo el partido, porque se es campeón, porque el archienemigo perdió miserablemente… El problema de mi voyerismo es que no pongo atención a lo que sucede en la cancha y como en aquellos momentos no había pantallas en los estadios, como creo que sigue sucediendo, posponía la repetición de la jugada hasta el momento en que lograba colarme a ver el resumen deportivo, las veces que recordaba verlo.

Una vez, justo al inicio de la universidad; de las primeras primerísimas clases y yo creyéndome un hombre sabio y serio. Me enfrasqué en una discusión con una compañera en plena lección, ella defendía un punto opuesto al mío… eso sí, ni me pidan que les cuente qué comentábamos, que mi memoria es bastante mala. Debo decir que yo estaba en la razón, recuerdo el sentimiento de satisfacción cabalmente, al tiempo que no dejaba de babear embobado con la muchacha. Nos encontramos en otras ocasiones y yo imposible de pensar en otra cosa que no fuera esa mujer, ¿que si era guapa? No sé, pero me traía loco, loquito, y era la época de la Copa América de Colombia y el milagro de que Costa Rica estuviera allí, invitada por pura suerte, y no sólo el milagro de estar ahí sino de ganar dos partidos y empatar otro contra Uruguay y finalmente pasar a la segunda ronda contra Uruguay justamente y que esta vez daba aires a los entendidos y a los no, a los charlatanes y a los conocedores de que esta vez sí, se les ganaba y la gloria de Italia ’90 finalmente iba a ser superada al acceder a algo más allá de segunda ronda, techo imperdible e indestructible que arrastra la Sele desde ese verano italiano cuando los checoslovacos nos garrotearon 4 a 1, y eso que Brasil apenas había logrado superarnos por un gol… ¡un autogol! Del mítico “Chunche” Montero

Pero es que comprendan que estaba el milagro de Paulo Wanchope [Guanchóp, es como debe pronunciarse]. De Chope, leáse así tal cual se escribió, y era como se le decía de cariño cuando se le tenía y cuando no era vilipendiado, como sucede siempre en los cambiantes afectos y delirios que produce el fútbol: hoy un héroe nacional, mañana un miserable, un inútil, un roco, un cadáver que merece estar retirado… Ese Chope que un diario argentino en aquel tiempo lo alabó como la Cobra Negra y que se jaló un golazo brutal en el primer encuentro contra los charrúas.

No recuerdo cómo terminé en un bar cerca de la U con algunos compañeros de carrera viendo el encuentro de cuartos de final, ella entre ellos y yo delirando desde mucho antes que el árbitro pitara el inicio. Solo su presencia me justifica el que yo me fuera con ese montón de gente a quien apreciaba pero de quien no guardaba muchas cosas en común. Bueno, vaya y pase. Y yo que no sé nada de fútbol y sólo alguito de mujeres, esto último lo pongo para no quedar como un completo imbécil, estaba convencido igual que la mayoría que ese partido se ganaba porque se ganaba…

El segundo tiempo trajo un gol del Chope, qué caray, y la locura ¡cuanta locura! Si esto ya estaba cocinado, si ya más de uno empezaba a saquear su escuálido bolsillo en procura del fiestón que se vendría. Pero de pronto va un uruguayo cabrón y mete el empate. La cosa ya se ponía medio furris, sin embargo no importa, no, que esto no termina todavía. Ahora sí que dejé de ponerle atención al partido porque en ese instante me prometí que si la Sele metía otro gol lo celebraba metiéndole un buen beso a ella que me alborotaba las neuronas y las hormonas. Carajo, que me llegó en lo más hondo esa chavala. Recuerdo que miraba hacia el televisor y volvía a verla. Sin que se diera cuenta estaba calculando la distancia y la posibilidad de maniobra de agacharme donde ella estaba sentada para callarle el grito de gol con el beso que ya no podía aguantarme. ¿Que si después me mandaba a la mierda con cachetada incluída? A lo mejor, pero bien valía la pena jugarme esa ruleta rusa.

El tiempo transcurría y nada, iban al frente nuestros delanteros y pegaban con la muralla celeste o con su propia torpeza. Nada. Venían los uruguayos y nada. Y si se iban a penales… ¿qué iba a hacer? Yo me desesperaba más que nadie porque esos vagabundos no metían un gol, ¿acaso estaba pegado al cielo? ¿Era mucho pedir, tal vez? ¿O era la señal para no ser tan pendejo y buscar ese beso de todas formas? Vayan ustedes a saber. La gente se arremolinaba presa del mismo susto, ese que decía que a lo mejor nos íbamos a tiempos extras… o a lo mejor nos metían otro gol y chau, como dicen en el sur. Ella que de la emoción se sube a la mesa al tiempo que suelta una andanada de insultos de artillería hacia el árbitro, los jugadores, el entrenador contrarios y propios. La camisa de la selección, la cara pintarrajeada de rojo y azul, porque el blanco era su piel y esa actitud de amazona, si no me enamoraba de ella, pues no sé de quién.

El caso es que viene otro de esos güevones uruguayos y le clava a Lonnis el segundo, a tres minutos del final. Y yo desesperado no recuerdo qué hice, en medio de la efervecencia y los sueños de los otros que se diluía tan rápido, tan rápido que hasta mareaba. Un minuto después ya nadie sonreía, al otro los ojos grandes atónitos e incrédulos. Al noventa ya más de uno se había ido y después de la reposición el descalabro fue grande. Los que quedábamos aún pagamos y ella me dijo adiós y cuando le dije que la acompañaba me dijo que no, que el novio la estaba esperando en otro lado, que a él no le gustaba el fútbol. Y había terminado el semestre.

La seguí viendo el otro semestre de forma inconstante, siempre a través de amigos. Igual sucedió al siguiente año, cuando fuimos a Corea-Japón pero ya no importaba lo que fuera a pasar y que de todas formas no se logró el pase a segunda ronda, dejando gigante una vez más ese 4 a 1 de Checoslovaquia, ahora ya hace veinte años que son demasiados. Al tercer año nos perdimos la pista para reencontrarnos mucho después cuando yo no la reconocí sino luego que se despidiera, posterior del momento incómodo por saludarme con una efusividad inusual en una desconocida. De esos saludos de abrazo y ¿qué te has hecho? Y qué guapo estás… Yo con mi cara de tipo serio que cuando me propongo puedo agriar a la leche le suelto que me parece que me confunde y atrapada así entre la duda y la certeza se retira con un disculpe. Esa noche cuando revisé el correo esperando cualquier cosa veo que uno de esos conocidos con los que había ido a ver ese partido hace tantísimo había encontrado una fotografía de ese día. Finalmente lograba reconocerla. Me contacté con todos los de la lista de correos, buscando si alguien la reconocía o lograba darme una pista de cómo hallarla. Nadie podía decirme nada más que su nombre, que había olvidado a fuerza de quién sabe qué.

Luego de esto me quedo en lo mismo de que tengo rato de estar pensado sobre escribir un cuento de fútbol y como no se me ocurre nada, supongo que me quedaré con las ganas y las virutas de polvo de un recuerdo de una de esas cosas que no se deben hacer. En fin, vaya y pase.

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24 de diciembre, 2010

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Golazo de Chope ante los uruguayos en el primer partido:

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Imagen tomada de acá.

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(1) Del libro Fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano. Unos cuantos pasajes increíbles, acá.

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8 comentarios en “Una vez en Colombia

  1. No hace falta escribir un cuento con semejante relato, no lo superaría.
    Yo solo sigo un equipo y dudo mucho que recuerde alguna jugada que no sea la del domingo pasado. Siempre me sorprende como la gente recuerda las alineaciones y las jugadas, para mi es como recordar las motas de polvo que se pusieron sobre el libro que dejé de leer hace tiempo.
    Me ha gustado mucho, y esto que no tengo ni idea de los personajes que tan importantes fueron. Fui y pasé
    Salut

    • En realidad este escrito es un rejuntado de cosas que son realidad y cosas que son ficción. ¿Qué tanto y en dónde? …”Espacio para el misterio, dicen”.

      Yo también soy malísimo para recordar bien un partido, incluso desde el mismo día. No es parte de mis superpoderes mutantes, jejeje

      ¡Ah! Los personajes son/fueron ídolos en su tiempo del fútbol mundial, especialmente brasileños, algunos argentinos, italianos y el colombiano Carlos “El Pibe” Valderrama. Y un par de jugadores de leyenda [aunque el Chunche siempre será más leyenda que Chope, para mí].

      ¡Pura vida!

  2. Choli he de confesar que he sido una mala lectora… Digamos que empecé el cuento y luego me aburri entonces llegué a la mitad donde aparecía la chica y di la entrebusqué en el texto hasta el final… Me salté todo el futbol protagónico para darle protagonismo al choli embelesado y confundido… Y he de agregar que me entretuve mucho 🙂 Saludos navideños

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