Santidad

A ver, déjeme ver. De un bolsillo de su pantalón extrae un paquete de cigarrillos, enciende uno y les ofrece otro, que declinan. Los mira, uno más alto, los dos extrangeramente rubios y enrojecidos por ese sol sabroso de enero que más bien parece una bendición si se le ve a través de una ventana o bajo una sombra, pero que a esos dos les estaba resultando bastante cabrón y sudoroso. Camisas blancas y pulcras, si se les perdona las manchas de humedad en las axilas y la espalda, corbata, pantalón y zapatos negro funeral, qué martirio piensa. Se lamentan haber tocado esa puerta, de las muchas que se amontonan en ese barrio clase media baja que más bien podría ser clase baja alta que aún se resiste a considerarse así absorto en un pasado con algo más de gloria y de ingreso económico. Yo podría preguntarles exactamente lo mismo. Ustede dirán que sí, igual que los talibanes, que el Dalai Lama, que un polaco con una estampita en la billetera del papa que fue su compatriota, que alguno que sólo come kosher. Ustedes dirán que no es el mismo, que ellos están equivocados porque ése en el que ponen su fe debe ser escrito con minúscula porque… diay, porque no lo han conocido aún, no han tenido la oportunidad de que llegue alguien como ustedes que están tan seguros que el suyo es el verdadero a repartirles la buena noticia del real, del que sí hay que adorar. Y mejor no meternos a hablar acerca de los ateos. Lanza una bocanada gris sin consideración, el más joven tose un poco. El menos joven retiene la respiración lo necesario. ¡Puta! Los están mandando cada vez más carajillos, piensa él mientras se pasa la lengua por los dientes y se distrae un segundo con una vecina que pasa.

Sonríe al tiempo que se rasca con ostentación la entrepierna. Su gran panza es de alguna forma intimidante, no tanto como sus ojos crueles. Con la misma mano se rasca su barba de fin de semana. Estaba viendo el partido de su equipo sin suerte. Del que aún está convencido que será campeón alguna vez antes de morir. Tocaron a la puerta y de mala gana luego de la tercera insistencia fue a ver quién putas venía a joder un domingo a medio día. Imaginó que se trataba de un trabajo urgente, qué decepción encontrarse a estos dos, y no verá los últimos minutos pero al menos este partido se ganaría.

¿Cuál es el correcto? Tantos millones que creen en otro que no es el suyo, tantos millones que no creen en ninguno. ¿Cómo probar que existe? ¿Por sus acciones…? Cualquier cosa buena es necesario de atribuírsela a él, pero cuando se trata de algo malo pues entonces la culpa es del contrario o en el peor de los casos, de uno. ¡Qué lindura! Tras que se está torcido, al final es porque uno se lo merece y al mae éste ni por varas se le ocurre destorcerlas por más omnipotente y generoso que se las tire. Entonces siempre es preguntarse, más allá de si existe o no, ¿vale la pena creer en un algo sobrenatural y abstracto que te va a achacar todo lo malo o que se va a quitar culpando a otro y que va a pedir en cambio todo mérito cuando pasa algo bueno? Psss… Personalmente prefiero pensar que es uno y nadie más el que se vive la vida, el que se la juega, el que se la caga y el que se la arregla y que a veces la otra gente te jode y bien jodido, pero que ese mae está allá en su cielo cuidándose muy bien de no hacer más cosa que estar allá y que no se interesa en lo que pase acá. En un sentido estricto, ¿cómo un ser eterno, todopoderoso, pefecto, va a interesarse en los primates estúpidos que somos? ¿Que exija adoración y cumplimiento de sus mandatos? ¿Y que nosotros podamos mandarlo a la mierda en el momento en que nos ronque el culo sin que nos quememos ahí mismito? Pues me deja muy desconfiado de qué tan pichudo sea.

¿Existe? Ante un ademán del más joven se apresura a decir que se trata de una pregunta retórica y que no espera una respuesta. Ni la quiere, ni la necesita. Ellos y él tienen convencimientos distintos que por más que traten de demostrar lo contrario no podrán… en este instante lanza el cigarrillo al suelo y lo maja con firmeza, …no podrán ponerse a dudar de sus argumentos y sus razones. Se mira sus manos masivas de mecánico automotriz, ya se está aburriendo de este monólogo y probablemente los pobres chavalitos quieren largarse. Entonces, si creo en dios o no, me parece que es algo que no les incumbe. Cierra la puerta sin ninguna delicadeza y ellos sienten que les hizo un favor. Logra observar el último minuto del partido. El equipo gana por un gol que venían cuidando desde el puro inicio del primer tiempo. Lo celebra abriendo una cerveza.

Ahora esos dos están en la casa de una señora que los invita a pasar, los invita a un vaso de fresco de mora para que no les diera un patatús a los pobres, tan blanquitos bajo ese sol tan picante. Los trata bien, está encantadísima de hablar con ellos, vive sola y parece que no recibe muchas visitas. ¿Vienen de la casa de Vargas? ¿Qué les dijo? Es una vieja chismosa que espía a todos sus vecinos a través de la ventana porque ya nadie le dice nada, porque se callan cuando la ven acercarse. Aquí lo queremos mucho, ¡ese hombre es un santo!

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Alajuela Centro

16 de enero, 2011

Imagen tomada de acá.

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2 comentarios en “Santidad

  1. Habria que ver la cara de los tipos ante semejante arrebato de agnosticismo. Seguro que los separa algo más que el odio al tabaco.
    Por aquí para algunos según qué futbolista o entrenador es dios.
    Salut

    • Pues habría que verles la cara, jejeje.

      Y por acá, futbolistas y entrenadores también, probablemente muy parecidos a los de allá [las maravillas de la ‘interné’ y la TV por cable o satélite] 😛

      Tuanis

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