Sobre vivencias

a Malui, por quien cruzo Chepe en momentos estrepitosos

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La catástrofe que es San José conforme el 24 de diciembre se acerca, se acentúa a niveles obscenos el día de estropicio del Festival de la luz.

Las correntadas de gente, los escollos de los vendedores ambulantes que se adueñan de buena cantidad del mínimo espacio disponible para andar mientras múltiples consumidores se apretujan cargando, la mayoría, la locura del aguinaldo que es imperativo malgastar antes del 25. Las carreteras ya reventadas de esclerosis de la ciudad capital hoy estallan en un infarto constante de embotellamientos y pitazos, conductores al borde de la psicosis se desesperan en sus ataúdes de combustión interna mientras maldicen con piadosa convicción a todos esos hijueputas que tienen en frente y que les estorban la vida.

Uno va por ahí, poniendo de cara de tipo malo, para que nadie se acerque y porque estos tumultos causan indigestión por la humanidad. Caminar con desconcierto puro, con la triste convicción que no habrá poder en el mundo o voluntad divina que pueda partir en dos la furia de ese flujo de transeúntes anónimos. Cabe preguntarse ¿dónde está la crisis? ¿Eso de que no hay plata, de que el país se va al carajo…? pero tal vez lo más apropiado sea cuestionarse a qué niveles de espanto llega el índice de endeudamiento de todos esos que ante mis ojos y mis pasos se lanzan alegremente a ser partícipes del santo espíritu transaccional de estos días. En fin, allá cada cual y sus compromisos con sus acreedores.

Sorprende la cantidad de gente, a cada paso salen más y más, no se detienen, no se detienen, es un imposible que llega al absurdo.

Rostros, pasos, miradas ávidas, obstáculos, trato de pasar y otro ocupa ya mi lugar, ojos, manos, ruido, todos los ruidos del mundo y la gente y los rostros y guiños. La locura se exhibe con sus más vistosos trajes y pasa tan tranquila bajo una sinfonía de el regalo que usted busca, aquí, esta navidad obsequie este lindo… Las luces y los rótulos, todo por todo lado todo. Alguien hará una reverencia antes de entra a alguna tienda para conseguir el gran pedazo de cosa necesaria para demostrar el cariño, el aprecio, la culpa a ese ser inevitablemente querido o con quien se tienen compromisos ineludibles. Estas fechas que apunta con la pistola del mostráme qué tanto me querés, demostráme qué tanto te podés dar el lujo de endeudarme por mí.

Pero antes de eso, la tortura fue entrar al centro, con buses perdidos por callecillas estrechas, con filas interminables y sentimientos carcelarios de sus ocupantes. Rodeos absurdos, entrando por el norte de la ciudad cuando lo normal es que sea por el sur. Afortunadamente se tiene la bienaventuranza de haberse dormido todo el camino para despertarse en un lugar desconocido hasta más no poder. Se ha logrado sobrepasar quién sabe cuánto tiempo de presa y eso es bueno porque la desesperación habría llegado a niveles de desastre nuclear… como ocurrió media hora después y tan solo 100 metros adelante. Escuchás las conversaciones de los otros, que ya vamos a llegar, que quiero ver las carrozas ya mami, que páseme el café, ¿no se espera a que salgamos del bus? Un grupo grande de compatriotas que van al desfile y que no soportan, como un servidor, estar atenazado a este transporte. Una sola cosa me detiene de mandarlos a todos a comer churros mientas me bajo y sigo a pie, y es que no tengo ni la más mínima idea de diantres dónde estaba. Otros quince minutos después y otros milagrosos 50 metros logro ver a mi izquierda y lejos, no sin antes quedar boquiabierto, el edificio del banco nacional. En ningún momento en un bus Alajuela – San José pasa por ahí, pero el desorden de hoy lo permite. Me bajo y me bajo, porque me bajo. Luego en la acera… camino un par de pasos para ver al antiguo cine Líbano descascararse sin piedad ni honor. ¡La zona roja! ¡La puta!

Empiezo a caminar en medio de una multitud de autobuses que se estorban entre sí y gente que camina con sillitas de mano, bultos, familias dirigiéndose al lejano Paseo Colón a ver las carrozas y las comparsas y esas carajadas. Por todo eso y la rapidez de la gente a mi alrededor y ese sentimiento de sálvase quien pueda en el aire tengo la impresión de estar en alguna película de desastres, justo en el clímax, cuando todo se desbarata y las hordas de extras corren alocados tratando de ponerse a salvo. Actúo mi papel de escapista a ninguna parte buscando el bulevar de la avenida central.

Luego es buscar la otra parada, ¿y dónde diantres está este otro bus? ¿Y por qué la vía cambió de dirección? Montarse, pagar, irse aterrado del desquicie… Para dormirse por 20 minutos en el bus, sobresaltarme que no me hayan asaltado y que sólo se haya movido 10 metros en todo ese tiempo. Más calles estrechas de lugares estrictamente residenciales y luego la delicia de una calle con tránsito inexistente. Llegar al lugar y hacer lo que se hace en una fiesta.

Después de ese día, estoy convencido que si pude sobrevivir a San José el día del Festival de la luz, puedo sin duda, sobrevivir a un apocalipsis zombie

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11 de diciembre, 2010

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Imagen tomada de acá.

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2 comentarios en “Sobre vivencias

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