“¿…en este ir y venir del carajo?”

Cuando te enfrentás a la realidad de no saber qué almorzar lo que menos crees posible es que se te acerque con pasos de animal grande la más intrínseca realidad de ser humano: la certidumbre de no dar nada por sentado y de que en cualquier momento te volviste un soplo de recuerdo.

No hay duda, uno va a comprar cerveza y jamón y se le muere el realismo mágico un poquito. No es así como se pretende pasar un día feriado ni mucho menos como pensaste que ibas a ser cuando “se fuera grande”: sin bañar, algo molesto, con hambre y mirando derrotado cómo a través de este chunche posmoderno del teléfono hiperconectado ella me decía: “Hey, se murió García Márquez”.

¿Qué hace uno cuando se le va así de pronto la sorpresa, cuando se le vienen de un solo a la cabeza las tardes perdido en un muelle sacando pollitos de las bolsas de un abrigo, pollitos que la gente que camina maja sin darse cuenta? La sorpresa de encontrarse un alcaraván que lo mire a uno con la mirada de los alcaravanes, justo, justito cantando para dar la hora y gritarle antes que me saque ojos ¡que no estoy muerto! No. Me es imposible resignarme todavía.

Muchos años años después, frente al celular inteligente, habría de recordar tal cual el desconcierto desconsolado del día que leí, mientras caminaba de vuelta a casa, que Laura Avellaneda había muerto. Es cierto, mezclo historias, autores, verdades… pero la vida es según uno se la construye, se la sobremuere, se la vive.

Hacía un calor de todos los infiernos y no pude dejar de pensar que ya pronto empezarían los pájaros a llovernos aturdidos, violentos, furiosos…

Desde el twitter llegaron en marejadas continuas: Úrsula Iguarán murió un jueves santo y yo ya no podía estar más seguro que él se había muerto precisamente hoy, precisamente en el momento en que en Alajuela se paseaba un sol tan tenebrosamente caliente. Se me enredó entre los pies igual que un perro faldero y llorón la memoria, mi mala memoria de una fracción de algo que Gabo había escrito en Doce cuentos peregrinos, explicando Por qué doce, por qué cuentos y por qué peregrinos y que ahora suscribo conciso:

“Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte  que me daba la muerte por estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hace tiempo. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había terminado la fiesta. «Eres el único que no puede irse», me dijo. Entonces comprendí que morirse es no estar nunca más con los amigos”.

No puedo negar que luego de leer eso, allá antitos de subirme al tren amarillo a ninguna parte de mis 20s al que nadie se montaba y del que nadie se bajaba, me hice la idea de costearle una pachanga épica a quienes quisieran acompañarme de vuelta a la tierra.

¿Y por qué este colombiano se me metió entre las costillas, el papel, el lapicero? ¿Entre los dedos y el teclado? No sé. El asombro, quizá. El remolino de posibilidades de sobrevivir a esta América Latina que siempre está tan presta de devorarse a sí misma, a esta Costa Rica que siempre se ha considerado en un limbo extraño que al final de los funerales de la Mama Grande la haga elevarse en cuerpo y alma al cielo luego de venderle el mar a los gringos (o a los chinos o a quien sea). Quizá porque leer al García Márquez siempre ha sido como ir a conocer el hielo, porque darme de cabezazos contra la realidad ha sido alguna de mis 32 guerras que no logré, que no he logrado, que aún no logro perder.

Porque justo ahora que los grandes narradores que me  han acompañado desde que aprendí a leer se están escapando como pájaros a los que se les abre la jaula. Porque justo ahora que también la abuela vive su propio realismo mágico, porque justo ahora que está a punto de montarse en el buque que la lleve a Puerto Santo hace que se me remuevan las fundaciones de mi propia historia.

Que esto fue un jueves santo, el mismo día voraz que se llevó al Cheo.

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