A veces los ahogados también traemos buenas noticias

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Gracias, Sole, por una frase genial

A veces los ahogados también traemos buenas noticias. Eso pensó mientras llegaba, a oleadas, en un esfuerzo fluido y casi sin problemas. Llegar siempre es más fácil que irse porque no requiere de despedidas o de esos rituales personales que hacen más fácil el desapego con los que se quedan.

Solamente llegás.

Tenés la libertad de tirarlo todo en un montón en el suelo. Y dejar para luego o para nunca el acto solemne de ordenar concienzudamente lo que se trae. Que más bien parece que se deja. Por lo general llegar es dejar. Y es así como se logra sobrellevar el viaje. Porque se sabe que en algún momento termina y se puede desentender de la carga, sacudirse un poco, bañarse o lo que sea. Hacer algo que te pone de nuevo al corriente con el hilo de la vida.

Pero no del todo. Queda la sensación nómade, queda la inercia de moverse, de muchos y pequeños: irse, irse, irse… para llegar.

Cuando él llegó ya era un ahogado. Lo miraron con ojos de mar y sopesaron la entereza de la carne, el desconcierto de un traje de litigios y la arena con conchas y cangrejos que se asentó en sus bolsillos. Miraron los estragos de los peces en los dedos y el rostro.

Nadie nunca se supo de qué color eran sus ojos cuando murió.

Lejos de sentirse intimidado por las miradas curiosas de asombro salobre apenas se preocupó por tratar de componer su imagen de muerto de mar. Hacía años había dejado de preocuparse por las nimiedades de su estampa. Y no iba ya a ponerse en melindres de cadáver pudoroso a estas alturas de la vida.

Cuando lo vieron, era un vaivencito necio de la marea que se trata de desembarazar de algo que le molesta. Cuando los recibió tenía una sonrisa de circunstancias. Los peces se habían llevado sus labios.

Siempre fue dueño de una impertinencia inaudita.

Llegó y se instaló cómodamente en la arena, en la plaza de fútbol, en la iglesia oficial y en los templos de la competencia. De pronto la comida tuvo un sabor a los misterios de la profundidad de la costa, al óxido del barco hundido, al aleteo de las mantarrayas.

No eran ajenos a muertos marinos. Vivían y morían a costa de pescar, de atender turistas con la sonrisa de circunstancias del precio del dólar, de pasearlos a ver las ballenas o los delfines o el bicho que llegara según la temporada. A veces se quedaban, los turistas. Y ponían tiendas alternativo-surfistas-ecológicas. Y estaba Bob Marley. Siempre Bob Marley.

Con tantas personas yendo y viniendo no era extraño el propio o el ajeno que arribara a la costa  abotagado y derruido. Un exceso de confianza, de alcohol o de mala suerte. Una corriente alevosa, un mal cálculo. El estropicio de una bala, de un cuchillo, de… La muerte como en cualquier otro lugar tiene un catálogo minucioso de formas en las que se hace presente.

Cuando llegás, el desasosiego es para quien te recibe.

Queda en los otros saber qué hacer con la ausencia acumulada o con la sorpresa de un extraño que se ha instalado, allí, donde no es ineludible.

El que llega tiene la libertad de irse, en cualquier momento, recogerse y partir. Dejar en quien no se ha ido el trabajo de qué hacer con el desasosiego. Recomponer el estropicio de la rutina. Volver a hacer habitable el espacio cuando quien llega también viva allí. O planee hacerlo. Se vuelve una situación extraña de sopesar intenciones o de reconfigurar espacios. Convencerse a sí mismos del esfuerzo vital de compartir un mismo lugar. Sin que necesariamente eso signifique que se trate de convivir. A veces sólo puede ser una atadura de circunstancias.

A veces.

Sabían que no era del lugar. La ropa y la expresión de país adentro no necesitaban mayor explicación. Un extraño que desacomodó la rutina, las expectativas planas para un día que no auguraba ningún sobresalto. Aplastados de sol y turistas y cotidianidad exótica y vendible.

La playa fue un revuelo de curiosos y asqueados. Algunos personajes de sonrisa fácil y silencios tenebrosos se mantuvieron alertas. ¿Este es aquel tipo…? Un cadáver nunca llega solo. Siempre trae preguntas, sospechas, policía. Siempre es necesario extremar precauciones, no vaya a ser que por este inconsecuente alguien se acuerde de… sí de ese. O de aquel …o de ella.

El desasosiego es siempre por el pasado que llega.  Es la culpa que está allí, no importa si nadie sabe, llega de repente y es necesario ponerse a cubierto. No vaya a ser que todo se descubra y terminés muerto, también.

Culpa sin remordimiento, en ocasiones.

No solo las personas llegan, también las situaciones. Verdad de Perogrullo. Pero estas no se van, se quedan dan vueltas en naufragios confusos y se instalan en el fondo a dejar ir de vez en cuando pedacitos de su recuerdo. Un buen día te acordás de eso, de ella, de él… como se encuentra un objeto en la arena. Deforme por el golpeteo del mar, a veces irreconocible, pero está allí ineludible.

El revuelo causado por el intruso finalmente alertó a la policía. Que llegaron a tiempo para las fotos y los videos en las redes sociales. Hubo su buena cantidad de selfies y comentarios y revuelo tierra adentro, allí donde nadie le preocupaba un carajo el cuerpo o lo que putas fuera. Chistes, bromas, algún comentario denostando la falta de moral… o de estética, juzgando de polos a los que tomaban fotos. O de amarillistas.

Vendrían semanas de investigaciones. Ir y venir de autoridades y, de seguro cuando se supiera quién era el ahogado, desórdenes más grandes. Hay muertitos que se los lleva el mar de la vida y los arroja de vuelta y no son más que estorbos. Algunos se convierten en dramas determinantes en las mareas de una familia. Otros son alegría por saberse liberados… los familiares.

Hay ciertos muertotes incómodos que regresan a crear tormentas, no importa cuán verano sea. Igual que en vida, se dejan morir impregnando todo con su decadencia. Arrastrando a todo y todos en la espiral de su hundimiento, algunos podrían hasta disfrutarlo.

Él estaba encantado con la atención. Con mostrarse así, espantajo. Finalmente podría resignarse a una eternidad bajo tierra con un escándalo como despedida. Siempre tuvo una sana fascinación por lo grotesco. Le pareció su justo homenaje y comprendió que, contrario a lo que le contado las sacerdotes del colegio, el orgullo es lo único que alguien se lleva.

Muerto de risa, no se arrepintió de nada.

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